Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
En una esquina humilde de Alamar, un barrio popular de La Habana, Cuba creció Nelissa Concepción una niña inquieta, vivaz, de esas que no paran quietas un segundo. Su energía desbordante, que desde pequeña fue señalada como hiperactividad, con el tiempo se convertiría en una fuerza transformadora. La misma energía que la hizo distinta, fue también la que le permitió reinventarse una y otra vez, sin perder el rumbo.
Su infancia, marcada por múltiples mudanzas dentro de la capital cubana y la vida en barrios con carencias, no le impidió vivir lo que muchos niños cubanos recuerdan con nostalgia: los juegos en la calle, la pelota, el kikimbol, las tardes interminables de risas y compañerismo. Crecer entre calles polvorientas y vecinos solidarios le enseñó algo esencial: adaptarse, observar y resistir.
Cursó estudios de biología en la Universidad de La Habana, especializándose en biología marina y dedicándose al estudio de corales. Pero en su cuarto año, un conflicto político cambió radicalmente su camino. Al negarse a aceptar una ubicación laboral impuesta en un laboratorio de criminalística vinculado al Ministerio del Interior, le fue prohibido el regreso a la universidad por dos años. En lugar de rendirse, encontró otra vía: se convirtió en guía turística, compró su propio carro convertible y recorrió La Habana mostrando su belleza a visitantes de todo el mundo.
Cuando finalmente pudo regresar a la universidad, el camino no fue fácil. Su tutora ya no estaba, su tesis anterior quedó en el olvido, y tuvo que comenzar de nuevo. Aun así, lo hizo. Con paciencia, esfuerzo y determinación, logró graduarse y trabajar en el Centro Nacional de Áreas Protegidas como especialista marina. Pero los desafíos no terminaron ahí.
Los hechos del 11 de julio de 2021 marcaron un antes y un después. Su presencia en las calles durante las protestas, sumado a problemas personales con figuras de poder en su comunidad, hicieron evidente que su futuro en Cuba se tornaba cada vez más incierto. Lo que comenzó como la espera de una beca para estudiar en México, terminó con una decisión definitiva: dejarlo todo atrás y emprender camino hacia Estados Unidos.
Junto a su esposo, llegó a suelo estadounidense en abril de 2022. Como tantos migrantes, empezó desde abajo. Sin embargo, su historia no es la de alguien que se conforma. Fue contratada en una agencia de salud en el hogar, y luego, sin experiencia previa, asumió nuevos retos en el campo de la terapia ABA (Análisis Conductual Aplicado), un mundo desconocido para ella hasta entonces.
Su conexión con los niños fue inmediata. Con el tiempo, no solo se certificó como técnica RBT (Técnico Conductual Registrado), sino que también culminó una maestría en educación especial con énfasis en ABA, graduándose en agosto de este año. Hoy en día, administra una agencia junto a otra colega y se prepara para obtener su certificación como BCBA (Analista de Conducta Certificado por la Junta), con la meta clara de, en un futuro, dirigir su propia agencia o convertirse en socia de una existente.
Aunque dejó atrás los corales, encontró otra vocación: ayudar a niños con necesidades especiales. Quizá no sea casualidad. Su madre trabajó por más de 16 años como maestra en escuelas especiales en Cuba, y muchos días los pasó entre esos salones, conviviendo con pequeños que, para ella, siempre fueron simplemente eso: niños.

En cada paso de su trayecto ya sea en un aula, en una oficina o en un consultorio hay una constante: la seguridad de que cada dificultad puede ser la semilla de una transformación. Como ella misma lo demuestra, no hay diagnóstico, sistema o frontera que pueda detener a alguien que tiene un propósito claro y el valor de construir una vida mejor.

