Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
Liry se describe con una frase que lo dice todo sin adornos: fue una niña del campo. De esas que, para poder estudiar, aprendieron desde temprano que la disciplina no es un discurso, sino una rutina. Levantarse a las cuatro o cinco de la mañana, resolver transporte, llegar puntual a la escuela, aguantar el cansancio y seguir. Esa fue su vida estudiantil en Santa Cruz del Norte, Mayabeque, la antigua provincia de La Habana en Cuba, mientras se abría camino hacia la ciudad para superarse.
No era una niña problemática. Al contrario: tranquila, aplicada, “estudiosa todo el tiempo”. Y con esa misma constancia se lanzó a una de las carreras más exigentes: Medicina. Estudió del 2006 al 2012 y, gracias a su escalafón provincial, pudo optar por una especialidad directa en Pediatría. No fue solo una meta académica; también fue una estrategia de supervivencia. En aquel contexto, ser médico general implicaba una presión casi inevitable: ir a misión. Y ella no quería.
Las razones eran claras y dolorosamente realistas. Había escuchado historias de compañeros, conocía los riesgos, las enfermedades, las condiciones en países desconocidos y el salario “impago” que no compensaba la vida. Para ella, no valía la pena. Así que eligió el camino más difícil: sostener su postura.
Tras especializarse, comenzó trabajando en un hospital pequeño en su municipio. Estuvo alrededor de un año, hasta que los roces con directivos y autoridades se volvieron parte del día a día. No eran discusiones por ego, sino por ética profesional: decisiones sin respaldo científico, imposiciones administrativas y “protocolos” dictados por dirigentes que ni siquiera eran especialistas, eran políticos. Y cuando una persona es frontal y defiende su criterio con fundamentos, en ciertos sistemas eso se paga.
El episodio que marcó un antes y un después ocurrió en agosto de 2017. Todos los médicos salieron de vacaciones y ella quedó sola en Pediatría: una sala de 30 camas en un municipio de más de 120,000 habitantes. En ese escenario, recibió a una lactante de ocho meses en shock séptico. La estabilizó y la remitió de urgencia a una terapia en La Habana, incluso acompañándola en la ambulancia. Dos días después, la niña falleció.
La investigación concluyó que no hubo error médico ni administrativo en su actuación. Aun así, la medida disciplinaria cayó únicamente sobre ella. La “sanción” fue un traslado a un hospital a más de 50 millas de su casa, con casos más críticos y mayor rigor. Reclamó con asesoría legal y, aunque el órgano de justicia laboral le dio la razón, la sanción se cumplió “por órdenes” de la dirección. En sus palabras: en Cuba ese tipo de justicia no existe.
Después llegó la pandemia y con ella, una presión nueva: exportar médicos especialistas. A raíz de críticas internacionales, los países comenzaron a exigir especialistas y volvió la insistencia para enviarla a misión. Ella se negó otra vez.
Luego vino un episodio aún más delicado tras el 11 de julio. Llegaron al hospital varios menores golpeados y se intentó presionarla para que emitiera certificados médicos declarando que “no presentaban lesiones”. Negarse a falsificar documentos le costó amonestaciones formales, citaciones policiales, cartas de advertencia y todo tipo de presiones silenciosas, esas que suelen moverse en el trasfondo de un sistema que se sostiene precisamente a través del miedo y la obediencia forzada.
Como si no fuera suficiente, también había que sumar su negativa a formar parte del Partido Comunista de Cuba. Con ese conjunto de decisiones éticas, personales y profesionales, tenía todos los ingredientes para ser señalada como una oveja fuera del rebaño.
Mientras tanto, su esposo trabajador del complejo extrahotelero Palmares fue hostigado por la Seguridad del Estado y terminó perdiendo el empleo tras negarse a colaborar como represor e informante de los disturbios del 11 de julio. Él logró salir. Ella, no: como especialista estaba “regulada” por el Minsap, sin posibilidad siquiera de tramitar pasaporte.
Entonces tomó una decisión peligrosa: decir que aceptaba ir a misión. Le advirtieron que no sería Latinoamérica, sino África, con vigilancia extrema. Pero esa “ventana” activó un proceso que le quitó restricciones migratorias y le permitió tramitar su pasaporte personal. Por ahí escapó.
El viaje era una odisea: La Habana–Isla Margarita–Jamaica–Nicaragua. En Isla Margarita, un retraso la obligó a pasar por migración. La separaron, la interrogaron, y apareció un cubano que dijo ser Seguridad del Estado preguntando cómo había salido. La retuvieron, la enviaron a un hotel 48 horas y la devolvieron a Cuba. Entró de madrugada y se escondió 15 días. En su pueblo se rumoró incluso que la habían asesinado: nadie sabía dónde estaba.
Quince días después, salió por otro aeropuerto, Villa Clar, y logró retomar ruta hasta Jamaica y finalmente Nicaragua. Esta vez sí.
Ya en EEUU, su primera sensación fue simple y enorme: estar a salvo. Empezó trabajando como housekeeping en un hotel. Y aun así, dice que era “la mujer más feliz del mundo”. Porque no se trataba del cargo, sino de la libertad.

No se quedó ahí. Estudió inglés y en menos de un año obtuvo su certificación como RBT (Registered Behavior Technician), trabajando con niños autistas. Luego realizó un postgrado para especialista en Autismo y trastornos del desarrollo, completó los requisitos y ya está autorizada para presentar el examen de BCBA. Además, creó su propia compañía: BG ABA Behavior Therapy. Su meta es clara: crecer, ampliar servicios y, cuando alcance la credencial, contratar RBTs para impactar escuelas y comunidades, incluyendo escuelas públicas.
A otras mujeres cubanas, médicas recién llegadas, con miedo e incertidumbre, les diría algo que nace de su propia vida: no tengan miedo. Llegar aquí es volver a empezar, aprender desde lo más básico: idioma, leyes, finanzas, sistema. Pero también es descubrir un país lleno de oportunidades y caminos. Lo importante es no encasillarse, salir de la zona de confort y no temerle al inglés.

Su vida no ha sido solo la de una pediatra que emigró. Es la de una mujer que decidió mantenerse fiel a sus principios cuando era más fácil guardar silencio, que no permitió que el miedo dictara sus acciones y que tuvo la valentía de empezar desde cero sin sentir vergüenza por hacerlo. Transformó el “volver a empezar” en una afirmación de dignidad y fuerza. Porque a veces emigrar no es huir, es elegir vivir en coherencia con uno mismo.

