Del silencio impuesto al lienzo abierto, un artista cubano que se negó a vivir a medias

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

Charles Rutherford llegó a EEUU para sobrevivir, pero terminó encontrando su verdadero espacio en las artes. Es cubano y lleva dos décadas en este país. Desde niño, el oficio de pintar le nacía con naturalidad.

Ganó su primer concurso con apenas cinco o seis años, cuando estaba en preescolar. Le fascinaban las manualidades, pero sobre todo el empaste, la textura, la pincelada con relieve que se queda viva sobre el lienzo. Visitaba museos, observaba galerías y estudiaba libros de arte. Con el tiempo comenzó a distinguir estilos: el realismo con sus transiciones suaves y el impresionismo con sus capas intensas y visibles. Monet se convirtió en una referencia constante. Le atraía su equilibrio, la manera en que combinaba colores y textura con armonía.

Nunca tuvo formación académica en artes. Fue completamente autodidacta. Dibujaba a su madre, a sus hermanos, a los animales del barrio. Vivía en Playa y se quedaba hipnotizado mirando las grúas en las construcciones, los mecanismos, el movimiento. Todo lo que le llamaba la atención lo plasmaba en papel. Para él, pintar no era un pasatiempo, era una forma de entender el mundo. De hecho, suele repetir una frase que resume su filosofía: “El que no ama el arte, no ama la vida, porque la vida es arte”.

Su camino, sin embargo, no estuvo marcado solo por el color. Creció en un contexto donde la religión y la política se mezclaban de manera conflictiva. Su familia era Testigo de Jehová y eso, en determinados años en Cuba, significaba quedar al margen. No participar en organizaciones oficiales, no alinearse públicamente con el sistema, traía consecuencias. Aun ganando concursos, nunca fue aceptado en escuelas como San Alejandro. No era falta de talento; era falta de afinidad ideológica.

Esa exclusión lo llevó a vivir en una especie de burbuja: escuela, casa, trabajo… y pintura. Pintaba sin descanso. Tanto que cuando emigró aún conservaba libretas de la primaria llenas de dibujos, hojas amarillentas pero cargadas de memoria.

Al llegar a EEUU hizo lo que hacen muchos inmigrantes: empezar desde cero. Trabajó en la construcción. Y fue precisamente un accidente laboral el que lo redirigió hacia su verdadero camino. Durante la terapia para el brazo conoció, por recomendación, a un pintor cubano con presencia en Tampa y Miami. Lo llamó, se encontraron, y esa conversación le abrió una puerta que llevaba años esperando. A través de ese primer encuentro comenzó a integrarse al movimiento cultural hispano de la ciudad, donde artistas como Damaris Soto y la recordada María Esther Carrillo también impulsaban espacios de visibilidad para el talento latino.

Ybor City se convirtió en uno de los primeros escenarios donde expuso su obra. De día trabajaba; de noche pintaba. A veces hasta la una de la mañana, para luego levantarse temprano y volver a la rutina. Vendió obras importantes en galerías cercanas al puerto y poco a poco fue construyendo un nombre dentro de la comunidad artística, mientras en casa contaba con el apoyo firme de su esposa Andreisa, quien ha sido testigo silenciosa de cada pincelada frente al lienzo.

Se integró a lo que hoy se conoce como la Coalición de Artistas Hispanos, un movimiento que en sus inicios también fue conocido como la Alianza Hispana y que fue creciendo con el tiempo hasta consolidarse como una plataforma cultural importante en la región. Para él, la meta siempre ha sido clara: que el arte hispano se haga notar. Que no sea un apéndice, sino una voz fuerte. Cree que como minoría los hispanos también representan una mayoría cultural dentro de muchas ciudades, y que su identidad debe expresarse sin complejos. No se trata solo de pintar flores o paisajes neutros, sino de contar historias, de plasmar raíces, infancia, memoria.

Sus planes miran más allá de Florida. Sueña con exponer en Nueva York, en Dubái, en Emiratos, en España. Quiere que la cultura cubana dialogue con el mundo. Y tiene un proyecto definido: trabajar en formatos grandes. Le atraen las dimensiones amplias porque generan impacto visual inmediato. Observa que en EEUU todo parece grande ,las carreteras, los vehículos, los espacios, y entiende que el arte también puede dialogar con esa escala sin perder identidad.

En su visión, la pintura no es inspiración ocasional, sino disciplina constante. Cree profundamente en el trabajo diario, en las horas silenciosas frente al lienzo donde se aprende a base de prueba y error. Habla de repetir, de ajustar, de retirar un color y colocar otro hasta que la armonía aparezca. Para él, el talento sin constancia se queda en intención, pero cuando la práctica se vuelve hábito, termina convirtiéndose en estilo propio.

Su historia no es solo la de un artista emigrado. Es la de alguien que, pese a la exclusión y los comienzos difíciles, eligió crear en lugar de amargarse. Porque cuando el entorno intenta encasillar, el lienzo sigue siendo un espacio donde nadie puede imponer límites.