Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
Cuando Raúl Darriba llegó a Tampa desde La Habana en 1970, tenía apenas once años. La ciudad era muy distinta a la que conocemos hoy. Había poca presencia hispana, no existían canales de televisión en español y la comunidad latina todavía daba sus primeros pasos en una región que décadas después se convertiría en uno de los destinos preferidos para miles de inmigrantes.
Como muchos jóvenes recién llegados, tuvo que adaptarse a una nueva cultura, aprender nuevas formas de vivir y construir su futuro desde cero. Sin embargo, además de los retos propios de la inmigración, había algo que siempre despertó su curiosidad: la búsqueda espiritual.
Esa inquietud no nació en Estados Unidos. La heredó de su padre, quien desde Cuba mostraba interés por temas relacionados con la espiritualidad y la vida más allá de lo material. Durante años ambos visitaron distintos lugares tratando de encontrar respuestas a preguntas que consideraban fundamentales: quiénes somos, de dónde venimos y cuál es el propósito de nuestra existencia.
La respuesta que buscaban llegó en 1976, cuando escucharon por radio sobre una institución espiritual que acababa de establecerse en Tampa. Lo que comenzó como una simple visita terminó convirtiéndose en una decisión que marcaría el resto de su vida. Aquella institución, que actualmente cuenta con 360 templos registrados alrededor del mundo, cada uno identificado con un número permanente, tiene presencia en Tampa a través del Templo 299. Su propósito principal es ayudar a las personas a reconectarse con Dios mediante los conocimientos espirituales transmitidos por Jesús de Nazaret.
Casi cincuenta años después, sigue formando parte activa de la misma misión espiritual.
Durante ese tiempo construyó una vida como cualquier otro inmigrante trabajador. Desarrolló una carrera de 43 años en la compañía eléctrica de Tampa y formó su familia mientras mantenía su compromiso con la institución espiritual que había descubierto siendo adolescente.
Lo curioso es que nunca recibió un salario por ello.
Todas las responsabilidades que asumió a lo largo de los años fueron voluntarias. Desde colaborar en actividades locales hasta convertirse en director espiritual de una región que hoy incluye centros en Estados Unidos, Londres y Australia.
Para muchos podría parecer una dedicación difícil de comprender. Para él, en cambio, siempre ha sido una forma natural de agradecer.
“Yo debo mucho”, repite durante la conversación.
No habla de deudas económicas ni de obligaciones materiales. Habla de gratitud. De la convicción de que las personas crecen cuando ayudan a otros a encontrar respuestas, apoyo o tranquilidad en momentos difíciles.
Más allá de doctrinas o definiciones religiosas, está convencido de que la espiritualidad debe reflejarse en acciones concretas: servir, escuchar, acompañar y aportar algo positivo a quienes lo rodean. Quizás por eso evita hablar de privilegios o reconocimientos y prefiere describirse simplemente como alguien que continúa aprendiendo.
Cuando recuerda aquel muchacho que llegó desde Cuba sin imaginar lo que encontraría en Tampa, reconoce que gran parte de su vida ha estado marcada por esa búsqueda constante de sentido.
Hoy, después de medio siglo vinculado a la misma misión, sigue convencido de que las preguntas más importantes no siempre tienen respuestas inmediatas. Pero también cree que vale la pena dedicar una vida entera a buscarlas.
Y si algo ha aprendido durante todos estos años es que el verdadero crecimiento no se mide por lo que una persona acumula, sino por la capacidad de servir, aprender y dejar una huella positiva en quienes encuentra en el camino.

