Redacción El Puente
Existe un debate perpetuo y acalorado sobre la verdadera cuna de la «Salsa». Como crítico e investigador musical, he presenciado innumerables disputas impulsadas por el orgullo nacional, pero cuando despojamos al género de su romanticismo sociológico y diseccionamos su pura musicología, el veredicto es irrebatible: la médula ósea y el código genético de la salsa es el Son Cubano.
Sin embargo, este fenómeno no nació en el vacío insular. Su cristalización ocurrió a finales de los años 60 y durante la vibrante década de los 70 en el crisol urbano de Nueva York. Allí, una generación brillante de músicos latinos —conformada predominantemente por puertorriqueños, acompañados de cubanos y dominicanos— tomó la síncopa tradicional del Son y la sometió a la urgencia de la metrópolis. Aceleraron los tempos, endurecieron la sección rítmica e inyectaron a los metales las armonías complejas y la libertad improvisadora del Jazz estadounidense. Fue una alquimia perfecta entre la herencia antillana y el asfalto neoyorquino.
El bautismo del género, no obstante, respondió a un desafío estrictamente comercial. En los clubes de Manhattan, las orquestas no tocaban un solo ritmo; el público sudaba al compás de un abanico inmenso de cadencias afroantillanas: la ferocidad del Guaguancó, la elegancia del Cha-cha-chá, la picardía de la Guaracha y, por supuesto, el Son. Para la naciente industria discográfica, intentar vender y explicar esta multiplicidad rítmica al mercado global era una pesadilla logística. La solución fue una de las jugadas de marketing más exitosas del siglo XX: agrupar toda esta riqueza poli subjetiva bajo una sola y explosiva etiqueta. Así se impuso el término «Salsa».
En retrospectiva, la grandeza de esta música reside en su capacidad de evolución. La incomparable Celia Cruz, coronada por la propia industria como la «Reina de la Salsa», desmitificaba el concepto con una lucidez aplastante. Ella solía sentenciar que la salsa era, sencillamente, «música cubana con ropa nueva». Un traje de gala confeccionado por la diáspora en Nueva York, sin duda, pero hilado para siempre con la tela eterna de Cuba.

