Michael Anton: del peso exacto de la escasez al valor de empezar de nuevo

Michael Anton: del peso exacto de la escasez al valor de empezar de nuevo

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

Hay personas que recuerdan su juventud por una canción, una amistad o un primer amor. Otras la recuerdan por una cifra. En el caso de Michael Anton, durante mucho tiempo esa cifra fue cinco. Cinco pesos cubanos era todo lo que llevaba a la universidad en 1995, en plena resaca del Período Especial, cuando estudiar no era solo una aspiración sino también una prueba diaria de resistencia. De ese dinero, 3.75 se le iban en el tren de ida; lo que quedaba tenía que alcanzarle para el resto de la semana. El regreso era en botella (pedir ride), con paciencia, con hambre a veces, y con la determinación intacta de quien sabía que, si algo podía cambiarle la vida, era seguir avanzando.

Nació en Sagua la Grande, en Villa Clara, y allí pasó casi toda su infancia y juventud. Se describe como un niño serio, dedicado, de esos que entendían que su tarea era estudiar. No se considera una persona a la que las cosas se le pegaran con facilidad; al contrario, asegura que siempre necesitó esforzarse más que otros para aprender. Mientras algunos leían una página una vez y podían repetirla días después, él tenía que tomar notas, repasar, mover una y otra vez la información para que no se le escapara.

Pero si algo marcó profundamente su carácter en aquellos años fue el ejemplo de sus padres. Su padre conocía bien el peso del sacrificio. Más de una vez, cuando el pan escaseaba en la mesa familiar, dejaba su propia porción para que sus hijos pudieran comer. Su madre fue también una gran escuela de fortaleza: trabajaba en el corte de caña para sostener a la familia, y muchas veces, debía llevarlos con ella al campo mientras cumplía su jornada bajo el sol.

Quiso estudiar Derecho, pero la Cuba de aquellos años obligaba a tomar decisiones menos románticas y más urgentes. Terminó inclinándose por Lengua y Literatura Inglesa, una carrera codiciada, difícil de alcanzar, que le abrió una puerta inesperada: los idiomas. A esa formación sumó alemán como segunda lengua en la universidad, luego italiano en la escuela de idiomas de Santa Clara, y más tarde francés, aprendido casi por necesidad en el trabajo. El idioma se convirtió en herramienta, refugio y también pasaporte simbólico hacia otra realidad.

Su recorrido dentro del turismo fue intenso. Trabajó como promotor de ventas, guía, representante de agencias extranjeras, vendedor, cajero, jefe de operaciones y enlace para mercados en inglés, italiano, francés y español. Se movía entre hoteles con un bolso lleno de catálogos, formularios, dinero y responsabilidades, muchas veces sin transporte, a pie o acomodándose a los horarios de las guaguas de trabajadores. Llegaba a casa cerca de la medianoche y a las cuatro de la mañana ya estaba despierto otra vez. Incluso en ese agotamiento encontraba una manera de seguir: corría una hora al amanecer porque quería bajar de peso, se bañaba y volvía a empezar.

Pero aquella cercanía con turistas y con otra lógica de vida también le fue quitando velos. Empezó a hacerse preguntas, a notar contradicciones, a incomodarse con respuestas que no llegaban. Y cuando alguien empieza a preguntar demasiado en ciertos sistemas, deja de ser conveniente. Sintió que lo apartaban, que preparaban a otros para sustituirlo, y entonces comenzó a buscar la manera de salir de Cuba.

Lo intentó varias veces. Lo detuvieron, lo encarcelaron, lo aislaron, lo despojaron del trabajo, del salario y de la libertad de movimiento. Esas experiencias, más que físicas, fueron psicológicas: miedo, manipulación, incertidumbre, humillación. Aun así, no soltó la idea de irse. En 2007 finalmente logró llegar a Estados Unidos.

Aquí empezó de nuevo, como tantos. Pasó por restaurantes, construcción, techos, ventas y trabajos temporales. Recuerda con nitidez el momento en que, recién llegado, miró sus manos llenas de empanizado y grasa en la cocina de un restaurante y pensó que solo tres días antes había estado sentado en una oficina con aire acondicionado. La escena no lo quebró; lo ubicó. Le recordó que empezar de cero no era una derrota, sino una transición.

Durante meses trabajó largas jornadas en restaurantes, ahorrando dólar por dólar hasta reunir apenas 40 dólares. Con ese dinero compró un asiento en un pequeño entrenamiento de preparación de impuestos. Aquella decisión parecía mínima, casi insignificante frente a las necesidades del momento, pero terminó siendo uno de los giros más importantes de su vida.

Michael Anton: del peso exacto de la escasez al valor de empezar de nuevo

Tras completar su formación, comenzó a trabajar en una empresa del sector, donde aprendió con rapidez y se enfocó en comprender tanto el oficio como el negocio detrás del servicio. Ocho meses después dio un paso decisivo al emprender por cuenta propia y en 2008 fundó su primer negocio de preparación de impuestos; luego, en 2011, amplió su visión con la apertura de una agencia de viajes, retomando así su vínculo con el turismo. Con los años siguió diversificando su camino: hoy trabaja para un banco y también lidera sus propias compañías, desde las que ofrece servicios financieros, impuestos, nómina, contabilidad, préstamos hipotecarios, viajes y trámites migratorios.

Tal vez por eso, cuando mira hacia atrás, su vida parece una sucesión de puentes cruzados: el joven que caminaba kilómetros para estudiar idiomas, el que recorría hoteles en los cayos cargando catálogos, el hombre que una noche decidió lanzarse al mar buscando otro destino. Entre esos extremos hay miedo, cansancio y decisiones difíciles, pero también una certeza que lo ha acompañado siempre: los sacrificios no son el final del camino, sino el precio de entrada a una vida distinta.

Porque a veces la vida no cambia de golpe, sino paso a paso, como quien avanza en la oscuridad confiando en que, tarde o temprano, al otro lado del camino también hay luz.