Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
Cuando Miguel Ángel Domínguez aceptó contar su historia, lo primero que pidió fue algo muy sencillo pero revelador: que su esposa también participara en la conversación. No era un detalle menor. Para él, esta no era una historia que pudiera narrarse en singular. Desde hace casi tres décadas, su camino y el de Fiorella Chervellini se han construido juntos, como si cada paso importante hubiera necesitado siempre dos voces, dos miradas y una misma voluntad de avanzar.
Todo comenzó en Perú, a mediados de los años noventa. Él había nacido en Trujillo, aunque creció en Lima; ella en Chimbote, la ciudad donde finalmente se conocieron. Ambos eran estudiantes de medicina, muy jóvenes todavía, llenos de expectativas y con esa certeza ingenua que a veces acompaña los primeros grandes sueños. Pero la vida cambió el rumbo antes de tiempo. Las dificultades económicas de sus familias los obligaron a dejar la carrera, una decisión dolorosa que pudo haber significado una derrota, pero que en realidad terminó convirtiéndose en el inicio de otra etapa.
Decidieron mudarse a Lima y comenzar de nuevo, esta vez estudiando administración de empresas. Era una carrera que les permitía trabajar mientras continuaban formándose, porque a partir de ese momento su crecimiento dependería principalmente de su propio esfuerzo. Aquellos años estuvieron marcados por jornadas largas y una disciplina constante. Con el tiempo llegaron las licenciaturas, luego las maestrías y finalmente el doctorado. Él desarrolló una trayectoria sólida en la docencia universitaria, enseñando durante más de quince años cursos relacionados con emprendimiento y gestión. Ella construyó su carrera en el sector financiero, primero en uno de los principales bancos del Perú y luego en una aseguradora internacional.
Su vida transcurría entre oficinas, aulas y nuevos proyectos académicos. Trabajaban prácticamente de lunes a domingo, impulsados por una vocación clara de crecer y aprender. Tenían estabilidad, reconocimiento profesional y una vida organizada. Por eso su historia migratoria tiene un matiz distinto al de muchos latinoamericanos que llegan a Estados Unidos. No vinieron empujados por la desesperación ni por una crisis personal. Al contrario, dejaron atrás una vida construida con años de esfuerzo. Precisamente por eso la decisión fue tan difícil.
El punto de inflexión llegó durante la pandemia de 2020. Mientras el mundo parecía detenerse, ellos comenzaron a estudiar con más profundidad los mercados financieros. Tomaron cursos con mentores vinculados a la bolsa de valores de Nueva York y se adentraron en el trading con la misma disciplina que había marcado toda su trayectoria académica. Los primeros pasos no fueron fáciles. Hubo errores, dudas y momentos en los que el mercado parecía un idioma difícil de comprender. Pero también apareció algo que ya formaba parte de su carácter: la constancia.
En paralelo, decidieron postular al programa migratorio EB2 para profesionales altamente calificados. La aprobación llegó a finales de 2023 y con ella apareció una conversación compleja. Dejar Perú significaba despedirse de la casa, la carrera, los amigos y la rutina que habían construido durante años. Hubo días en los que estaban convencidos de dar el paso y otros en los que la idea parecía demasiado arriesgada. Pero pensaron en el futuro, en su hija de quince años y en las oportunidades que podrían abrirse en un nuevo entorno. Finalmente tomaron la decisión.
Ya instalados en Estados Unidos, aquella inquietud que había nacido durante la pandemia comenzó a tomar forma concreta. Así surgió su escuela de formación en trading, orientada principalmente a la comunidad hispana. Hoy enseñan de manera virtual a estudiantes conectados desde distintos lugares del mundo, desde ciudades de Estados Unidos como Boston, Nueva York o Arizona hasta Perú y otros países. Más que enseñar gráficos o estrategias, buscan transmitir disciplina, preparación y una nueva forma de pensar el dinero.
Cuando miran hacia adelante, imaginan un proyecto que continúe creciendo con el mismo propósito que los trajo hasta aquí. Sueñan con consolidar su escuela como un espacio de referencia para la comunidad latina que quiere aprender a invertir con conocimiento y responsabilidad, demostrando que los hispanos también pueden ocupar con fuerza los espacios del pensamiento estratégico y la educación financiera. Durante mucho tiempo se ha encasillado al latino únicamente en trabajos de esfuerzo físico, como si nuestra capacidad terminara allí, pero ellos creen firmemente que también podemos destacar en el análisis, la estrategia y las decisiones financieras.

Tal vez por eso esta crónica no trata únicamente de mercados, de velas o de inversiones. En el fondo habla de dos personas que aprendieron a reinventarse sin quebrarse, a cambiar de rumbo cuando la vida lo exigió y a empezar de nuevo sin perder la esencia de quienes eran. Y quizás ahí está lo más conmovedor de su recorrido, en esa forma tranquila de caminar siempre uno al lado del otro, de sostenerse cuando las decisiones se volvieron difíciles, de apostar no solo por un nuevo país o por un proyecto profesional, sino también por la vida que han construido juntos. Porque al final, entre títulos, mudanzas, decisiones valientes y nuevos comienzos, lo que permanece es algo mucho más profundo: la certeza de que algunos encuentros no son casualidad, y que hay historias donde dos personas no solo se encuentran en el camino, sino que terminan convirtiéndose, con el paso de los años, en el lugar seguro al que siempre se puede volver.

