Vocación, esfuerzo y un hogar lleno de esperanza

Vocación, esfuerzo y un hogar lleno de esperanza

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

Con apenas 27 años, Odani Soca tomó una de las decisiones más trascendentales de su vida: dejar Cuba en busca de un futuro mejor para su hijo. Nacida en Manicaragua, en la provincia de Villa Clara, su historia es reflejo de muchas mujeres inmigrantes que, impulsadas por el amor y la responsabilidad, convierten la incertidumbre en fuerza y el sacrificio en propósito.

Su infancia transcurrió en un ambiente familiar unido, marcado por la sencillez del campo cubano. “Fui una niña feliz, con mamá y papá, con veranos compartidos en familia”, recuerda. Sin embargo, la pérdida temprana de su padre cambió su manera de ver la vida. De pronto, la niñez quedó atrás y llegó una conciencia más profunda de las responsabilidades. Ver a su madre sola, junto a su hermano y su hijo, la llevó a tomar decisiones difíciles, pero necesarias.

El primer paso fuera de Cuba fue Ecuador, un país que nunca vio como destino final, sino como un puente. Allí vivió alrededor de tres meses enfrentando carencias, trabajos exigentes y la soledad de estar por primera vez lejos de su tierra. “Fue un golpe de realidad”, cuenta. Aun así, su mirada siempre estuvo puesta en Estados Unidos, ese lugar del que había escuchado hablar como una tierra de oportunidades, donde el esfuerzo podría traducirse en progreso.

Vocación, esfuerzo y un hogar lleno de esperanza

Al llegar a Tampa, comenzó desde cero. Su primer empleo fue en una bodega hispana, con jornadas fuertes. Sin automóvil, dependiendo del transporte público y caminando varias cuadras, cada día representaba un reto. No había fines de semana ni descansos. “Todo lo hacía pensando en mi hijo”, afirma. Durante meses, trabajó sin parar para sostenerse, enviar dinero a Cuba y construir una base para su nueva vida.

Fue en medio de ese período tan exigente, después de casi ocho meses de trabajo ininterrumpido, cuando conoció a quien hoy es su esposo. Ese encuentro marcó un punto de apoyo importante en su vida, brindándole estabilidad emocional y el impulso necesario para empezar a pensar también en su crecimiento personal y profesional, sin dejar de lado sus responsabilidades como madre.

Desde muy joven sintió una conexión especial con los niños. En Cuba soñó con estudiar medicina y convertirse en pediatra, pero las circunstancias, el idioma y el tiempo hicieron ese camino inviable. Lejos de rendirse, buscó otra forma de seguir ese llamado. “No pude ser pediatra, pero encontré otra manera de dedicarme a los niños, que era lo que siempre quise”, explica.

Su preparación en el cuidado infantil fue exigente. Clases presenciales, exámenes en horarios nocturnos y múltiples certificaciones estatales y nacionales marcaron ese proceso, siempre combinado con el trabajo diario. Con el tiempo, fue creciendo profesionalmente: comenzó como maestra, luego lead teacher, trabajó con programas de preparación para kindergarten y más adelante asumió roles de dirección en centros infantiles.

Vocación, esfuerzo y un hogar lleno de esperanza

A la par de su desarrollo profesional, su familia también fue creciendo. Con el tiempo, se convirtió nuevamente en madre, una experiencia que reforzó aún más su compromiso con la infancia y le dio una comprensión más profunda del rol que desempeña acompañando a otras familias en el cuidado de sus hijos.

Después de años de experiencia y tras lograr reunir nuevamente a su familia, decidió abrir su propio family daycare en casa. Hoy cuenta con más de diez años dedicados al cuidado infantil y una licencia que le permite atender niños desde los cero meses hasta los 12 años. Muchos de ellos, ya en la escuela, regresan a visitarla. “Esa conexión no se pierde”, dice con emoción.

No todas las historias han sido sencillas. Uno de los momentos que más la marcó ocurrió cuando un niño al que había cuidado durante sus primeros años de vida sufrió un accidente, tiempo después de haber dejado el daycare. Ya no estaba bajo su cuidado y el suceso ocurrió fuera de su hogar, pero el vínculo creado permanecía intacto. “Eso me marcó para toda la vida”, confiesa. Aun así, encontró la fortaleza para seguir adelante, sosteniéndose en el cariño de los otros niños que cada mañana llegaban con sonrisas, recordándole por qué había elegido ese camino.

Mirando al futuro, se visualiza creciendo aún más. Su meta es dirigir un centro infantil de mayor tamaño, con un equipo de maestras comprometidas y un espacio diseñado exclusivamente para el desarrollo y bienestar de los niños. “Ese es el sueño ahora”, afirma con convicción.

A quienes comienzan un camino similar, les deja un mensaje claro: no detenerse. “Nada es fácil, todo requiere sacrificio, disciplina y enfoque. Pero con perseverancia se logra.”

Hoy, su historia no es solo la de una inmigrante que salió adelante, sino la de una mujer que transformó su hogar en un espacio de cuidado, amor y oportunidades. Un lugar donde cada niño es tratado como familia y donde cada esfuerzo ha valido la pena.