Ondina Prieto de Silva, una vida entre la ciencia, la intuición y la búsqueda del alma

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

Yo tengo una visión de la vida un poco diferente al resto de la gente… pienso que todo lo que sucede es lo que te conviene a ti”. Así habla, con una tranquilidad que no intenta convencer, sino compartir. En su manera de expresarse no hay dramatismo innecesario, sino una forma muy clara de entender la existencia: cada paso, incluso el más difícil, tiene un propósito.

Nacida en Holguín, en la antigua provincia de Oriente, salió de Cuba siendo adolescente rumbo a España junto a su familia. Poco después llegó a EEUU, donde hizo el high school en New Jersey antes de establecerse definitivamente en Miami. Como muchos inmigrantes, su vida no fue lineal, pero siempre estuvo guiada por una mezcla de disciplina y curiosidad.

Soñó con estudiar medicina y comenzó ese camino en República Dominicana junto a su esposo. Sin embargo, los préstamos estudiantiles fueron retirados antes de que pudiera terminar. Lejos de verlo como un fracaso, lo asumió desde su propia filosofía: “No voy a decir desafortunadamente… todo lo que sucede es lo que te conviene”. Esa forma de mirar lo que ocurre la acompañó siempre.

Durante 45 años trabajó en laboratorio clínico como tecnóloga, realizando análisis y formando parte del sistema de salud. La ciencia fue su espacio natural. “Me encanta la ciencia”, dice. Y aunque no llegó a ser médica, nunca se sintió lejos de ese entorno. Su interés por comprender el funcionamiento del cuerpo humano se mantuvo intacto.

Pero su recorrido no se limita a lo científico. Desde muy joven sintió una profunda atracción por temas que otros considerarían poco convencionales. Leía sobre extraterrestres, dimensiones y vida más allá de lo visible. “Era demasiado arrogancia pensar que somos los únicos”, afirma. Con el tiempo, esa curiosidad dejó de ser solo lectura. Comenzó a grabar el cielo sin ver nada a simple vista, pero al revisar los videos aparecían objetos. “Cuando los llamo, vienen”, cuenta. Para ella, no se trata de imaginación ni de efectos visuales, sino de una interacción real con lo que define como seres interdimensionales.

Esa experiencia no quedó solo en lo personal. En uno de sus encuentros, incluso recibió una validación inesperada. Al mostrar sus imágenes, le dijeron: “usted es la mejor cazadora de ovnis”. Más allá de la frase, lo que reafirmó fue su percepción de que hay realidades que aún no comprendemos del todo, pero que están presentes.

Hoy cuenta con seis libros enfocados en la espiritualidad, la reencarnación y la conciencia. En ellos recoge vivencias que, según explica, marcaron un antes y un después en su vida. Una de las más significativas ocurrió en Mérida, México, donde vivió un episodio que conectó su camino con Ixchel, la diosa maya de la medicina. A partir de ese momento, sintió con claridad que debía compartir lo aprendido.

También vivió en Ecuador, donde viajó para cuidar a su hermano enfermo. Fue una etapa difícil, pero también profundamente reveladora. Para ella, incluso en el dolor hay sentido. “Todo en el universo está conectado”, asegura. Y esa idea atraviesa cada parte de su experiencia.

Su visión integra ciencia y espiritualidad sin conflicto. Habla de energía, del alma y de cómo el cuerpo funciona a través de impulsos eléctricos. “Somos seres energéticos”, explica. Desde su perspectiva, el conocimiento científico no contradice la fe, sino que la amplía.

A sus 74 años, transmite una paz que nace de la comprensión. Ya no le teme a la muerte. “La muerte no existe”, dice con firmeza. Para ella, la vida es continuidad, transformación. Esa certeza le ha permitido vivir con más calma y sentido.

Cuando piensa en los demás, insiste en una idea: vivir desde el amor. “El amor es la frecuencia más alta de todo el universo”. No lo dice como una frase bonita, sino como algo que ha incorporado a su forma de vivir. Cree que en esa energía está la clave de todo: sanar, ayudar, conectar.

Su recorrido no busca convencer a nadie, pero sí invita a mirar más allá de lo evidente. Entre la ciencia y lo invisible, entre el laboratorio y la intuición, ha construido una forma de vida coherente con lo que siente. Y en ese equilibrio, ha encontrado una paz profunda, de esas que no se explican, pero se sienten… y que, de alguna manera, también se contagian.