El habano con la orden de alzamiento de Martí

Por Alfredo Prieto, Tampa FL, [email protected]. Fotos: gemini.google.com

El informe del agente de inteligencia tenía toda la razón: “muy pronto” —advertía a las autoridades españolas en 1886, el mismo año del nacimiento de Ybor City—, Tampa “será uno de los focos de conspiración separatista que deberemos vigilar cuidadosamente”.

En efecto, apenas un quinquenio después en Ybor se habían constituido varias organizaciones revolucionarias, entre las que sobresalían la Liga Patriótica Cubana y el Club Ignacio Agramonte.

Fundada en 1889 y presidida por el combatiente de la Guerra Grande Néstor Leonelo Carbonell (1846-1923), es esta última la que invita a José Martí a un primer viaje del 25 al 28 de noviembre de 1891.

La invitación inicial coincide con la madurez de los planes martianos de unificar a los patriotas para la guerra necesaria, justamente cuando el hombre de la Edad de Oro tiene elaborada la idea de constituir un partido destinado a lograrlo, lo cual ocurriría finalmente con la fundación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) el 10 de abril de 1892.

Martí no fue nunca a Tampa a exhibir sus dotes de orador, por brillante que fuera, sino a conspirar y organizar. “Y digo que acepto jubiloso el convite de esa Tampa cubana, porque sufro del afán de ver reunidos a mis compatriotas” —le respondió desde Nueva York al veterano del 68. “¿Y a qué me querrán ellos a mí como yo los voy queriendo? ¿Es la patria quien nos llama? Obedecemos, pues, que de seguro ella nos alienta”. Y más adelante: “La oportunidad magnífica de vernos, de hablarnos, de poner juntos los corazones, no debemos desaprovecharla: hay que crear”.

Un punto de la mayor importancia consistía en lograr una unidad “sin recelos y sin exclusiones”. Por eso al calor de actividades y encuentros, varios en el Liceo, escribió un texto que, entre otras cosas, hablaba de la urgencia de la unidad para acciones concretas contra el poder colonial.

Lo que anotaba el funcionario español resulta entonces imprescindible para entender por qué Martí le encomendó a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, el secretario del PRC, la tarea de llevar a Ybor City la orden de alzamiento, redactada y firmada en Nueva York el 29 de enero de 1895, para hacerla llegar a La Habana desde el Cayo, otro de los puntos fuertes de la actividad conspirativa.

Un día de enero de 1895 Quesada salió en el primer tren a Ybor City. En la estación fue recibido por Fernando Figueredo, Blas y Estanislao Fernández O’Halloran —dos de los hijos de Rafael Fernández y Francesca O’Halloran, dueños de la factoría de habanos de Howard y Main Street, en West Tampa—, Teodoro Pérez y otros patriotas.

El habano con la orden de alzamiento de Martí

De acuerdo con el relato del historiador Tony Pizzo, una noche varios miembros de la Junta se reunieron en la fábrica de los O’Halloran a fin de determinar la mejor manera de hacerle llegar a Juan Gualberto Gómez la orden de alzamiento.

Según Pizzo, ahí surgió la idea de enviarla a Cuba enrollada en un habano, tarea que recayó sobre Blas O’ Halloran (La Habana, 1855-West Tampa, 1917), quien torció cinco “Panetelas’ para poder pasar la “carga explosiva” por la aduana sin levantar la más mínima sospecha. El tabaco fue marcado con dos pequeñas manchas amarillas.

Días después, Gonzalo de Quesada viajó a Key West a bordo del Mascotte, el vapor propiedad de Henry B. Plant que desde 1887 cubría la ruta Tampa-Key West-La Habana.

A su llegada al Cayo, lo recibió Ángel Duque de Estrada, el hombre seleccionado para hacer llegar a su destino aquel documento. De Estrada, que era cuñado del general Enrique Collazo, uno de los participantes en aquella reunión de Nueva York representando a la Junta Revolucionaria de La Habana, abordó el propio Mascotte con destino a la capital el 21 de febrero de 1895.

Al ingresar a la ciudad, antes de pasar por la Aduana tomó una iniciativa personal: colocarse el habano en la boca, sin dudas más seguro que dejarlo junto a los otros cuatro que cargaba en sus bolsillos.

Lo entregó en casa de Antonio López, no muy lejos de la bahía, en la calle Trocadero no. 67.

Giros aceptados” —decía el telegrama en clave, firmado por un tal Arturo, que Juan Gualberto envió a Nueva York.

Y el 24 de febrero empezó el levantamiento.