Enrique Arredondo (1906-1988) representa la cima del humorismo en Cuba, un actor que transformó el teatro vernáculo en una forma de arte nacional. Su carrera, que comenzó en las carpas y teatros de barrio, alcanzó su punto máximo gracias a su asombrosa capacidad para la improvisación, técnica conocida en la isla como la «morcilla».
El fenómeno de Bernabé
Aunque dio vida a personajes memorables como el doctor Chepilla, fue Bernabé quien lo inmortalizó en el imaginario colectivo a través del programa televisivo San Nicolás del Peladero. Bernabé no era solo un campesino pícaro; era el espejo del «choteo» cubano, esa habilidad de reírse de las propias desgracias con astucia y agudeza.
Legado gestual: Arredondo no necesitaba un guion complejo; un arqueo de cejas o un movimiento de manos era suficiente para desatar carcajadas.
Frases icónicas: Su expresión «¡Qué gente caballero, pero qué gente!» se integró de forma permanente en el habla cotidiana de los cubanos.
Maestría literaria: En sus memorias, La vida de un comediante, dejó constancia de la evolución del teatro bufo y su transición a la radio y televisión.
Arredondo fue mucho más que un humorista; fue un cronista social que utilizó la risa para conectar con el cubano de a pie. Su legado como el «Rey del Vernáculo» sigue siendo el estándar de oro para cualquier comediante que aspire a capturar la verdadera esencia de la identidad cubana.
Redacción El Puente. Foto: cubaplusmagazine.com

