Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
Hay personas que aprenden a emprender en un curso. Otras lo hacen leyendo libros. Pero hay quienes lo aprenden mucho antes de saber siquiera que esa palabra existe. Así comenzó la historia de Noraika González.
Nació en Guanabacoa, La Habana, en una familia donde salir adelante no era una opción, era una necesidad diaria. Sus abuelos vendían lo que fuera necesario para sobrevivir: pirulí (caramelo popular cubano), croquetas, maní, palitos de tender. Su padre también inventaba formas de generar ingresos, fabricando adornos para espejos o vendiendo pequeños productos. Nadie en casa hablaba de “emprendimiento”, pero todos lo practicaban.
Crecer en ese ambiente formó una huella. Allí aprendió dos cosas que marcarían su vida: que estudiar era importante, pero que también había que buscar soluciones cuando la economía se ponía difícil.
Cuando llegó el momento de elegir su camino, decidió estudiar defectología. Quería ser maestra y trabajar con niños. Sentía una conexión especial con ellos y estaba convencida de que ese sería su lugar en el mundo.
Pero la vida, a veces, cambia los planes sin pedir permiso.
Durante sus estudios comenzó a tener problemas en las cuerdas vocales. Los médicos fueron claros: no podía continuar en el aula. Aquella noticia fue un golpe duro. Había construido un sueño alrededor de esa profesión y, de pronto, tenía que dejarla atrás. Le tocó empezar de nuevo.
Terminó estudiando contabilidad y finanzas. No era la carrera que había imaginado, pero decidió terminarla. Mientras tanto, encontró una manera de mantenerse fiel a su vocación de ayudar: comenzó a dar clases a niños del barrio, ayudándolos con las tareas escolares. Cobraba apenas cinco pesos a la semana. Era poco dinero, pero una ayuda para poder sostener sus estudios. Y sin darse cuenta, estaba dando sus primeros pasos como emprendedora.
Mientras avanzaba en la universidad, sintió que necesitaba aprender algo más práctico, algo que le permitiera generar ingresos con sus propias manos. Entonces comenzó a estudiar cosmetología en paralelo. Aquella decisión cambiaría su futuro. Después de graduarse, abrió una pequeña peluquería en el patio de su casa. Tocó puertas, habló con vecinos, comenzó con lo que tenía. Durante cinco años trabajó allí, construyendo su propio negocio poco a poco.
Pero su espíritu inquieto siempre buscaba nuevas oportunidades. En 2015 surgió otra idea. Tras un viaje de su madre a Estados Unidos, escuchó sobre las nuevas oportunidades para alquilar habitaciones a turistas en Cuba. Decidieron apostar por ese proyecto. Así nació un negocio que incluía habitaciones para huéspedes, restaurante, piscina y espacios recreativos. El emprendimiento creció. Todo parecía marchar bien.
Hasta que el mundo se detuvo. La pandemia obligó a cerrar el negocio y, como tantas otras familias, tuvieron que replantearse el futuro. En 2021 tomó una decisión difícil: viajar a Estados Unidos y comenzar de nuevo. El comienzo no fue fácil, Sin crédito, sin historial financiero y con recursos limitados, muchas puertas se cerraron. Durante un tiempo vivió con su familia en un tráiler. Los niños se levantaban antes del amanecer para tomar el autobús escolar. Aquellos días fueron duros, pero también se convirtieron en una etapa de aprendizaje.
Fue entonces cuando comenzó a escuchar una palabra que se repetía constantemente: crédito.
Descubrió que en Estados Unidos ese número podría cambiarlo todo. Decidió estudiarlo, entenderlo y dominarlo. Lo hizo primero dentro de una compañía de mercadeo multinivel, y más tarde en comunidades de formación financiera donde aprendió sobre crédito personal, capital de negocios y estructura empresarial.
Aquello abrió una nueva puerta.
Con el conocimiento adquirido decidió crear su propio negocio de reparación de crédito. Hoy ayuda a personas a entender sus reportes financieros, mejorar su historial y estructurar empresas capaces de acceder a capital.
También enseña a otros a convertirse en consultores de crédito y a construir negocios con bases financieras sólidas.
Pero su sueño no termina ahí.
Actualmente trabaja en un proyecto muy personal: escribir su libro “Crédito Consciente”. A partir de esa obra quiere crear cuadernos educativos para jóvenes, con ejercicios que les permitan aprender desde temprano a manejar tarjetas de crédito, cuentas bancarias e inversiones.
Porque, como madre, sabe que muchas de esas conversaciones no se tienen ni en la escuela ni en casa.
Su visión del futuro es clara. Sueña con convertirse en conferencista y compartir su historia con otras personas que también están comenzando desde cero.

Porque después de tantos cambios, aprendizajes y desafíos, hay una frase que resume todo lo que ha vivido:
“Nunca se pierde. En la vida siempre se gana o se aprende”.
El camino de Noraika es, precisamente, la prueba de que cada obstáculo puede convertirse en el inicio de algo nuevo.

