El capo de Ybor City y las exhibiciones habaneras

Por Alfredo Prieto, Tampa FL, [email protected]. Foto: IA

En el hotel Comodoro de Miramar, el hombre de Tropicana, el guajiro Martín Fox, invitó a Frank Ragano (1923-1998), el abogado de Santo Trafficante, Jr., a “ver un show inusual que había organizado para mí”.

En Mob Lawyer, su autobiografía (Charles Scribner’s Sons, New York, 1994) precisa el letrado: “Las participantes eran todas mujeres, llevaban a cabo actos lésbicos y ofrecían hacer el amor con los hombres de la audiencia. Martine [sic] me dijo que muchos hombres encontraban mucho más estimulante ver sexo lésbico que heterosexual”.

Y luego confiesa: “En Cuba me convertí en un hombre diferente. En La Habana mis valores tradicionales parecieron menos importantes. Los de Santo fueron más honestos y menos hipócritas que los de la mayoría de las personas. Extraía todo el placer que podía de la vida sin el más mínimo vestigio de culpa moral y era absolutamente acrítico consigo mismo”.

Quise encajar en su vida, emularlo, ganarme su respeto. Había hecho un esfuerzo considerable por remodelar mi carácter. Pude haberme resistido, pero su influencia fue sutil. Permaneciendo fiel a su propia naturaleza, él cambió el curso de mi vida”.

Por esa razón, una noche decidió aceptar una peculiar invitación de Santo Trafficante, Jr., quien hacia fines de los años 50 ya vivía en la capital cubana. Nos asegura: “La Habana era famosa por los exhibiciones [sic] –shows sexuales– y Santo pensó que yo debía ver uno, asegurándome que vería el más selecto de los disponibles, ofrecidos solamente a los privilegiados cognoscenti. Lo primero que quiere ver cada secretaria, maestra y enfermera cuando vienen aquí es la exhibición”.

La suya es, sin dudas, una información de altísimo valor documental: “Santo me llevó a una casa en uno de los mejores barrios de La Habana, y la mujer que nos abrió la puerta estaba esperándolo, obviamente. Una cubana que hablaba buen inglés y usaba un vestido de noche muy escotado”.

El abogado del capo introduce en su narración un par de precisiones sobre el modus operandi del negocio. “Nos escoltó a una habitación que habían convertido en una sala de cocteles con un bar y varias mesas. ‘Cuando los caballeros estén listos para ver el show, háganmelo saber’”, dijo la mujer.

Mientras esperábamos los tragos, Santo me dio otra lección sobre las mujeres mundanas de La Habana. Normalmente, me dijo, los shows se presentaban a grupos de seis a ocho personas”.

Hay un cuarto al otro lado de este salón donde presentan a tres hombres y tres mujeres, y tú seleccionas la pareja que quieres ver. El costo es de 25 pesos por persona –bastante barato considerando el show de que se trata”.

Santo había arreglado una presentación privada para los dos, nos cuenta Ragano. Después de una segunda ronda de tragos, dijeron estar listos y los llevaron a otra habitación.

Identifica entonces a los protagonistas del espectáculo: “La anfitriona introdujo silenciosamente a tres hombres y tres mujeres vestidos con unas capas. Las abrieron al unísono, presentando sus cuerpos para que los inspeccionáramos”.

Queremos a El Toro y a aquella muchacha que está allí”, le dijo Santo a la anfitriona, señalando a una mujer curvilínea con los senos bien redondos y firmes.

Asintiendo con la cabeza, la anfitriona les pidió acompañarla a una habitación adyacente amueblada con sofás y canapés para unas doce personas.

Entonces la mujer hizo sonar sus palmas; El Toro y la mujer entraron desnudos y empezaron la presentación sobre un edredón extendido sobre la plataforma, iluminada como un escenario real. Durante treinta minutos lo hicieron en las más concebibles y contorsionadas posiciones, y concluyeron con sexo oral.

Yo estaba choqueado hasta la médula’”, confiesa el abogado, “pero traté de aparentar indiferencia para impresionar a Santo. Cuando terminó, Santo y yo regresamos a la sala de cocteles para otra ronda de tragos”.

¿Qué piensas del show?”, me preguntó.

Increíble. ¿Cómo la gente puede hacer eso para ganarse la vida?”.

La respuesta de Santo Trafficante Jr. fue la siguiente: “Frank, tienes que recordar esto: aquí siempre hay algo para cualquiera. Quieres ópera, ellos tienen ópera. Quieres béisbol, ellos tienen béisbol. Quieres baile, ellos tienen salones de baile. Y si quieres shows sexuales, tienen shows sexuales en vivo. Eso es lo que hace a este lugar tan maravilloso”.