Younguer, del oro escondido en un reloj a levantar tres negocios en Tampa

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

La historia de Younguer comienza en Santiago de Cuba y, como muchas historias de emprendimiento que nacen en la isla, no empieza con un plan de negocios ni con una formación académica, sino con la necesidad. A los catorce años ya estaba metido en el mundo de la joyería, no porque viniera de una familia dedicada al oficio ni porque alguien lo hubiera formado profesionalmente, sino porque en Cuba aprender a buscarse la vida temprano es casi una ley natural.

Todo empezó con algo tan pequeño como las cajas de los relojes antiguos, aquellas que llevaban grabadas las letras “AU”, señal de que contenían baño de oro. Él las compraba, les extraía el metal y lo llevaba a casas de cambio donde lo vendía, y con ese dinero compraba jabón u otros productos para volver a intercambiarlos, moviéndose dentro de ese circuito informal que muchos cubanos utilizaron durante años para resolver el día a día. Era un sistema sencillo pero constante, una manera de sobrevivir aprovechando lo poco que aparecía.

Durante ese tiempo aprendió también algunos procesos básicos del oficio gracias a un amigo que sabía trabajar el metal. Fue entendiendo cómo separar el cobre del oro utilizando ácido nítrico, cómo fundirlo y cómo prepararlo para volver a usarlo. Sin embargo, en aquel momento el objetivo principal no era fabricar joyas, sino aprovechar el oro de aquellas piezas antiguas para venderlo.

Pero en Cuba las circunstancias cambian rápido, y cuando cerraron las casas de cambio se quedó sin la vía principal que utilizaba para mover ese metal. Fue entonces cuando tuvo que reinventarse otra vez. En lugar de vender el oro en bruto, comenzó a fundirlo y a transformarlo en joyas. Lo que antes era simplemente una pequeña bola de metal empezó a convertirse en sortijas, anillos de compromiso, cadenas gruesas y otras piezas que se vendían en oro de diez quilates, que era lo más común en el país.

Así fue naciendo el oficio poco a poco, entre prueba y error, entre aprendizaje práctico y muchas horas de trabajo. Con el tiempo logró abrir dos puntos de venta en Santiago de Cuba, uno en el callejón del Carmen y otro frente a la catedral, lugares donde su trabajo empezó a hacerse conocido y donde la joyería se convirtió en su actividad principal.

En medio de todo ese proceso también exploró otros caminos. A los veinte años decidió hacer un curso de cocina y empezó a trabajar como cocinero, mientras seguía vinculado al mundo de las joyas. Era otra forma de mantenerse activo, de sumar ingresos y de no depender de una sola cosa, algo que con los años terminaría convirtiéndose en una de sus mayores habilidades.

El verdadero cambio llegó cuando decidió emigrar. Hace aproximadamente diez años llegó a EEUU y, como muchos otros inmigrantes, tuvo que comenzar desde abajo. Durante tres años trabajó como cocinero en Red Beach mientras trataba de entender cómo moverse en un país completamente nuevo, sin contactos ni un negocio armado.

En ese proceso, junto a un amigo decidió viajar a Miami para investigar cómo funcionaba el negocio de la joyería en EEUU. Fue allí donde comenzó nuevamente, esta vez comprando piezas hechas para revenderlas. Al principio vendía mercancía poco a poco, muchas veces a plazos, permitiendo que los clientes pagaran semana tras semana mientras él lograba reunir capital suficiente para crecer. Ese sistema le permitió construir algo muy importante, una clientela fiel que empezó a regresar y a recomendar su negocio a familiares y amigos.

Con el tiempo logró abrir su propia joyería en Tampa, negocio que lleva ya cuatro años funcionando y que se convirtió en la base sobre la que comenzó a expandirse.

Porque el impulso de emprender no se quedó en la joyería. Poco a poco empezó también a comprar carros usados, primero de manera pequeña, hasta que logró reunir suficiente inventario para abrir su propio dealer en North Florida Avenue. Hoy maneja entre treinta y cuarenta vehículos entre sus dos lotes, siempre procurando que los autos estén en buenas condiciones y que los clientes se vayan satisfechos, algo que ha permitido que muchos regresen o recomienden el negocio.

Al mismo tiempo entró en el mundo del roofing, instalando techos junto a un equipo de personas de confianza que lo ayudan en ese trabajo. Así terminó manejando tres negocios distintos, joyería, autos y construcción, que aunque parecen no tener relación entre sí comparten la misma lógica con la que ha construido su camino, avanzar paso a paso, crecer sin prisa y rodearse de gente confiable que permita que cada proyecto funcione.

Cuando recuerda sus primeros meses en EEUU hay una etapa que todavía tiene muy presente. Después de haber tenido una vida estable en Cuba pasó siete meses durmiendo en el piso. Aquella experiencia lo marcó profundamente, pero también le dejó una promesa clara consigo mismo. Si en su país había logrado salir adelante, también lo haría aquí.

Desde entonces su rutina es sencilla y directa. Trabajar todos los días, atender a los clientes cuando llaman y no dejar pasar ninguna oportunidad de crecer. Si hace falta subirse a un techo un sábado para terminar un trabajo lo hace, si hay que resolver un problema en el dealer o en la joyería también está ahí.

Cuando habla del futuro no piensa en cambiar de rumbo, sino en hacer más grande lo que ya ha construido. Sueña con convertir su dealer en una agencia de autos nuevos, seguir expandiendo el negocio de roofing y mantener la joyería creciendo con la misma clientela que lo ha acompañado desde el principio.

Porque alguien que empezó sacando oro de las cajas de un reloj aprendió muy temprano algo que nunca se le olvidó, que el progreso no llega de golpe, sino a través de muchos pasos pequeños que, con el tiempo, terminan construyendo algo mucho más grande.