Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
Una Vida Dedicada al Arte
Cecilia Cofiño es una de esas personas que emanan una energía increíble y parecen haber vivido varias vidas dentro de una sola. Cantante, compositora, promotora cultural y eterna amante de la música, su historia atraviesa escenarios de Cuba, embajadas, aeropuertos, universidades estadounidenses y salones de baile donde generaciones enteras terminaron encontrándose gracias a una canción.
Nació en Fomento, un pequeño pueblo de Sancti Spíritus, Cuba. Desde niña sintió una conexión natural con el arte. Quiso estudiar ballet clásico, aprendió guitarra observando a su hermano y más tarde descubrió también la pintura y la cerámica artística. Aunque inicialmente estudió un técnico medio en La Habana, la música siempre encontraba la manera de volver a ella.
Escenarios en La Habana y una Lección de Vida
Con el tiempo comenzó a cantar en algunos de los espacios más conocidos de la capital cubana, como el Comodoro, el Teatro Nacional, el Gato Tuerto y otros centros emblemáticos de la vida cultural habanera. En aquellos años conoció diplomáticos, artistas y visitantes extranjeros que frecuentaban los lugares donde trabajaba.
Fue allí donde aprendió algo que más adelante marcaría gran parte de su vida: el arte no solo entretiene, también conecta personas. Incluso llegó a viajar a Canadá junto a otros músicos cubanos para participar en festivales internacionales. Mientras muchos artistas soñaban con grandes escenarios, ella disfrutaba algo más simple: cantar con una guitarra y sentir la reacción del público.
El Duro Comienzo en Michigan
Pero su vida cambiaría por completo cuando decidió emigrar a EEUU para reunirse con sus hijos. El proceso fue largo, incierto y lleno de tensión. Salió de Cuba prácticamente con una guitarra, una pequeña maleta y muchas preguntas sobre el futuro.
Como tantos inmigrantes, comenzó desde abajo. Limpió escuelas, cuidó ancianos y aprendió a sobrevivir lejos de todo lo conocido.
Sin embargo, incluso en medio de esa etapa difícil, la música volvió a encontrarl
Una Vida Dedicada al Arte
Cecilia Cofiño es una de esas personas que emanan una energía increíble y parecen haber vivido varias vidas dentro de una sola. Cantante, compositora, promotora cultural y eterna amante de la música, su historia atraviesa escenarios de Cuba, embajadas, aeropuertos, universidades estadounidenses y salones de baile donde generaciones enteras terminaron encontrándose gracias a una canción.
Nació en Fomento, un pequeño pueblo de Sancti Spíritus, Cuba. Desde niña sintió una conexión natural con el arte. Quiso estudiar ballet clásico, aprendió guitarra observando a su hermano y más tarde descubrió también la pintura y la cerámica artística. Aunque inicialmente estudió un técnico medio en La Habana, la música siempre encontraba la manera de volver a ella.
Escenarios en La Habana y una Lección de Vida
Con el tiempo comenzó a cantar en algunos de los espacios más conocidos de la capital cubana, como el Comodoro, el Teatro Nacional, el Gato Tuerto y otros centros emblemáticos de la vida cultural habanera. En aquellos años conoció diplomáticos, artistas y visitantes extranjeros que frecuentaban los lugares donde trabajaba.
Fue allí donde aprendió algo que más adelante marcaría gran parte de su vida: el arte no solo entretiene, también conecta personas. Incluso llegó a viajar a Canadá junto a otros músicos cubanos para participar en festivales internacionales. Mientras muchos artistas soñaban con grandes escenarios, ella disfrutaba algo más simple: cantar con una guitarra y sentir la reacción del público.
El Duro Comienzo en Michigan
Pero su vida cambiaría por completo cuando decidió emigrar a EEUU para reunirse con sus hijos. El proceso fue largo, incierto y lleno de tensión. Salió de Cuba prácticamente con una guitarra, una pequeña maleta y muchas preguntas sobre el futuro.
Como tantos inmigrantes, comenzó desde abajo. Limpió escuelas, cuidó ancianos y aprendió a sobrevivir lejos de todo lo conocido.
Sin embargo, incluso en medio de esa etapa difícil, la música volvió a encontrarla. Un día, mientras trabajaba limpiando una escuela en Michigan, escuchó música cubana sonando en uno de los salones. Se acercó por curiosidad y terminó descubriendo un pequeño grupo que daba clases de salsa. Aquella escena despertó algo que llevaba años acompañándola: la necesidad de crear comunidad a través del baile y la cultura.
Nace el Proyecto «Malecón»
Así nació “Malecón”, un proyecto que comenzó modestamente organizando noches de música latina y terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural en distintas ciudades universitarias de Michigan.
Junto a su esposo Sergio Kurkis, llenó salones durante años con salsa, congas, carnavales y fiestas donde estudiantes, latinos y estadounidenses bailaban juntos hasta la madrugada. Ella cantaba, enseñaba pasos de salsa y seleccionaba la música; él se encargaba de las luces, el sonido y hasta de construir decoraciones carnavalescas a mano. Lo que empezó casi como un hobby terminó creando recuerdos imborrables para miles de personas.
«Cuando entraban dos o tres cubanos a bailar, yo sabía que la noche iba a ser un éxito», recuerda entre risas.
Creando Lazos y Memoria
Con los años, aquellas fiestas se transformaron en mucho más que entretenimiento. Muchas parejas se conocieron allí, amistades nacieron en la pista y una generación completa descubrió la cultura cubana a través de la música.
Aunque el tiempo y algunas pérdidas personales cambiaron parte de su energía, Cecilia sigue viendo el arte como un refugio y una forma de resistencia emocional. Varias de sus canciones llegaron incluso a formar parte de una película inspirada parcialmente en su vida.
Hoy mira hacia atrás con la serenidad de quien sobrevivió a muchos comienzos. Y aunque asegura que sus historias parecen sacadas de un libro, quizás lo más extraordinario de todas ellas no sea lo que vivió, sino la manera en que logró convertir cada etapa de su vida en música, encuentro y memoria para otros.
a. Un día, mientras trabajaba limpiando una escuela en Michigan, escuchó música cubana sonando en uno de los salones. Se acercó por curiosidad y terminó descubriendo un pequeño grupo que daba clases de salsa. Aquella escena despertó algo que llevaba años acompañándola: la necesidad de crear comunidad a través del baile y la cultura.
Nace el Proyecto «Malecón»
Así nació “Malecón”, un proyecto que comenzó modestamente organizando noches de música latina y terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural en distintas ciudades universitarias de Michigan.
Junto a su esposo Sergio Kurkis, llenó salones durante años con salsa, congas, carnavales y fiestas donde estudiantes, latinos y estadounidenses bailaban juntos hasta la madrugada. Ella cantaba, enseñaba pasos de salsa y seleccionaba la música; él se encargaba de las luces, el sonido y hasta de construir decoraciones carnavalescas a mano. Lo que empezó casi como un hobby terminó creando recuerdos imborrables para miles de personas.
«Cuando entraban dos o tres cubanos a bailar, yo sabía que la noche iba a ser un éxito», recuerda entre risas.
Creando Lazos y Memoria
Con los años, aquellas fiestas se transformaron en mucho más que entretenimiento. Muchas parejas se conocieron allí, amistades nacieron en la pista y una generación completa descubrió la cultura cubana a través de la música.
Aunque el tiempo y algunas pérdidas personales cambiaron parte de su energía, Cecilia sigue viendo el arte como un refugio y una forma de resistencia emocional. Varias de sus canciones llegaron incluso a formar parte de una película inspirada parcialmente en su vida.
Hoy mira hacia atrás con la serenidad de quien sobrevivió a muchos comienzos. Y aunque asegura que sus historias parecen sacadas de un libro, quizás lo más extraordinario de todas ellas no sea lo que vivió, sino la manera en que logró convertir cada etapa de su vida en música, encuentro y memoria para otros.

