Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
Desde el sur de Venezuela, en el majestuoso Estado Bolívar, creció entre la disciplina de una familia trabajadora y el arte que despertaba su alma desde niña. Hija de una educadora y un electricista de una central hidroeléctrica, tuvo una infancia feliz, marcada por la música, los estudios y una calma que contrastaría con el futuro incierto que viviría su país.
Estudió música clásica desde los 10 años y ejecutó la flauta transversa en la Orquesta Sinfónica Juvenil de su ciudad y en movimientos corales de renombre nacional. Pero su pasión por la música convivía con su vocación por las ciencias, lo que la llevó a estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad de Oriente. Una vez graduada, inició una carrera profesional en la industria petrolera, supervisando procesos, personal y calidad en las operaciones de extracción.
Durante casi una década, trabajó en PDVSA, donde enfrentó los crecientes desafíos de un país que se deterioraba rápidamente. «Mi salario mensual para el 2018 llegó a ser de cinco dólares. No alcanzaba ni para vivir tres días», recuerda. El colapso económico fue solo una parte de la crisis: la inseguridad, la escasez, el deterioro de las condiciones de trabajo y la presión política hicieron insostenible su vida en Venezuela. «Nos obligaban a ir a manifestaciones, a pasar 12 horas en autobús rumbo a Caracas para hacer bulto. Todo dejó de tener sentido».

Gracias a sus ahorros y al apoyo de su hermano, logró emigrar a Estados Unidos. Ya había visitado el país antes como turista, y había participado en congresos internacionales de ingeniería, lo que facilitó la obtención de su visa. Con documentos en regla, llegó decidida a rearmar su vida. Hizo la equivalencia de sus estudios, obtuvo su GED en inglés y perfeccionó el idioma en cursos nocturnos. Sin embargo, encontrar un trabajo en su campo no fue fácil.
«Aplicaba a posiciones en el área petrolera, luego en el sector industrial en general, pero no recibía respuestas. Entonces comencé a buscar otra forma de avanzar». Fue así como nació su emprendimiento en el mundo de los accesorios hechos a mano, un talento que había cultivado por años como hobby y que ahora se convertía en una posibilidad real de crecimiento.
Fundó su propia marca de bisutería, diseñando, fabricando y vendiendo piezas desde casa. Participa en eventos de networking, promueve su trabajo en redes sociales y realiza ventas directas y por envío. «Empecé de manera orgánica, con lo que tenía. Me faltó presupuesto para publicidad, pero no me faltó pasión».
Hoy combina su negocio con trabajos de entrega por aplicaciones para sostenerse mientras invierte en su sueño. Su día empieza muy temprano y termina muy tarde, pero está convencida de que la constancia es el camino. «Me veo en 10 años con una marca posicionada, vendiendo por comercio electrónico, llegando a más países y con un showroom donde la gente pueda ver mis creaciones».

Para quienes dan sus primeros pasos en el camino del emprendimiento, ofrece un mensaje claro: «No desistas. Si disfrutas lo que haces, eso se nota. La clave es seguir, innovar y creer en ti, incluso cuando los resultados tarden en llegar».

Ella representa a una generación de mujeres latinas que han tenido que reinventarse lejos de su tierra, sin dejar de ser fieles a sí mismas. Su historia es un testimonio de fuerza, creatividad y esperanza, un recordatorio de que, incluso en medio del caos, siempre hay una forma de volver a empezar.

