Cuando el bolero abrazó al jazz: el nacimiento del “Filin”

A mediados de la década de 1940, en el habanero barrio de Cayo Hueso, el Callejón de Hamel fue la cuna de una de las renovaciones estéticas más sofisticadas de la música insular: el filin (castellanización del inglés feeling). En las bohemias tertulias celebradas en la casa de los hermanos Ángel y Tirso Díaz, una inquieta generación de jóvenes trovadores transformó para siempre el curso del bolero tradicional.

Nutridos por las complejas armonías del jazz estadounidense y el fraseo libre de figuras como Ella Fitzgerald o Nat King Cole, compositores esenciales como César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez y Marta Valdés dotaron a la canción romántica de acordes impresionistas y modulaciones inéditas.

Respaldado en su origen por la complicidad desnuda de la guitarra y exaltado en las voces viscerales de Elena Burke y Omara Portuondo, este movimiento desterró la potencia vocal académica para privilegiar el matiz expresivo, el decir conversacional y una profunda entrega emocional que redefinió la sensibilidad musical de Cuba.