Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
“Hija, ¿en qué trabajará la gente que está en esos edificios? Yo quiero trabajar ahí”, le dijo Delia a Sofía mientras caminaban por el centro de Chicago. Dos años después, aquella frase cobraría un significado que entonces no podía imaginar: Delia estaría dirigiendo una oficina en el Downtown de esa misma ciudad.
Delia y su hija llegaron a EEUU en 2022, dejando atrás Colombia, su formación como abogada y una familia extraordinariamente numerosa. Creció rodeada de mujeres fuertes que dejaron huella en su carácter.
En Chicago se enfrentó a muchas dificultades. Tuvo que aprender desde cómo utilizar el transporte público hasta cómo matricular a su hija en la escuela. Hubo días de preocupación por la renta y momentos en los que pensó regresar a su país.
Una experiencia la marcó especialmente: su automóvil se averió y ni siquiera tenía cómo llegar a un mecánico. Pero, gracias a aquel desafortunado incidente, conoció a una familia que la ayudó cuando más lo necesitaba. Aquellas personas, recuerda, fueron un puente en medio de la incertidumbre.
Después, otra mano amiga le abrió una posibilidad. Una conocida la animó a probar suerte en Florida y Delia llegó a Wesley Chapel dispuesta a comenzar otra vez, justo cuando se preguntaba si debía regresar a Colombia.
Trabajó en diferentes actividades, emprendió en servicios de limpieza y exploró el sector de seguros. No le faltaban voluntad ni ganas de salir adelante. Buscaba, sin embargo, una oportunidad que conectara con su manera de relacionarse con las personas.
Esa oportunidad la encontró en 1-800-NO-FAULT, una compañía que conecta a personas accidentadas con servicios legales. Cuenta que durante su entrevista le dijeron que debía mejorar sus redes sociales, pero también reconocieron su facilidad para comunicarse. La contrataron y consiguió su primer caso ese mismo día.
Entonces tomó una decisión que todavía recuerda con emoción: dejar sus otras actividades y concentrarse por completo en aquella oportunidad.
“Donde está tu energía, es lo que se expande”, afirma.
A los dos meses llegó uno de sus primeros ascensos. Se convirtió en la mano derecha de su gerente y, apenas ocho meses después de comenzar, asumió la dirección de la oficina de Tampa. Hoy lidera 50 personas allí y otras 42 en Chicago, donde ayudó a formar un equipo que comenzó reuniéndose por Zoom y terminó teniendo una oficina presencial.
Pero sus mayores satisfacciones no caben en un cargo. Cuando recuerda a madres que antes trabajaban jornadas interminables y que hoy han conseguido mejores oportunidades para sostener a sus hijos, se emociona. Ella también conoció ese miedo de no saber si alcanzaría el dinero para la próxima renta.
Mucho antes de dirigir equipos, Delia ya ayudaba a otros inmigrantes. En Chicago compartía orientaciones sobre escuelas, transporte y trámites, y colaboraba en actividades de acercamiento al consulado colombiano. Lo hacía porque sabía lo que era llegar sin conocer a nadie que pudiera explicarle las cosas.
Esa misma sensibilidad guía su trabajo actual. Quiere que quien atraviesa la angustia de un accidente encuentre una persona capaz de escucharlo y orientarlo en su propio idioma. Para ella, la fe en Dios y el servicio a los demás están profundamente unidos.
“Cuando tú entiendes que esto se trata de dar, no hay manera de que no recibas”, asegura.
A quien está a punto de rendirse, le ofrece un consejo nacido de su propia experiencia: “No escuches la historia del otro. Vive tu propia historia”.
Hoy, al pensar en aquella caminata con Sofía, Delia puede mirar los edificios de Chicago de otra manera. Ya no son solamente oficinas donde alguna vez soñó trabajar: ahora dirige una en esa ciudad.
Y quizás lo más hermoso no sea haber encontrado su lugar detrás de aquellas ventanas, sino poder ayudar a otros a creer que también hay un lugar esperando por ellos.

