Volver a enseñar, el sueño que Olga trajo de Cuba a EEUU

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

En Cuba, cuando tenía once años, Olga Escobio ganó un lugar en una escuela vocacional. La noticia debía ser motivo de orgullo, pero para su familia también trajo preocupación: sus padres habían sido presos políticos y hubo quienes cuestionaron que ella mereciera estudiar allí. En una reunión, alguien defendió que la historia de sus padres no debía convertirse en un límite para la hija. Ella ingresó y permaneció en la escuela por seis años hasta graduarse. Años después, recuerda esa etapa como una experiencia que la ayudó a crecer y que le dejó una hermandad con sus compañeros de estudios hasta el día de hoy. A pesar del tiempo y la distancia, dice, cuando se encuentran ese vínculo permanece intacto.

Sus padres fueron presos políticos y la familia perdió sus bienes. Su padre provenía de una familia con recursos, pero al caer presos se lo quitaron todo. Cuando recuperaron la libertad, los enviaron a vivir a un asentamiento rural. Con esfuerzo y permiso para mudarse, construyeron una casa en Jatibonico, donde ella creció. A pesar de las pérdidas, sus padres hicieron lo posible por darle lo que estaba a su alcance. Hoy siguen en Cuba: su madre tiene 88 años y su padre está cerca de cumplir cien. Ella habla de ellos con gratitud, consciente de que muchas decisiones familiares estuvieron marcadas por las circunstancias y por el deseo de proteger la vida cotidiana de su padre, incluso cuando otros familiares pudieron emigrar.

La vocación de enseñar la acompañó desde joven. Se graduó de licenciatura en Geografía en el pedagógico de Cabaiguán y cuenta que ya mucho antes soñaba con estar frente a una clase. Terminó sus estudios con honores y trabajó durante quince años en la educación cubana. En ese camino, tuvo que enfrentar críticas injustas por la historia de sus padres, una pareja que sufrió graves violaciones de sus libertades fundamentales por estar en desacuerdo con un gobierno autoritario.

Llegó a EEUU hace diecinueve años, a los 37, con su hijo de diez. La transición fue exigente. Quien ha estudiado y ejercido una profesión, explica, puede sentir que debe empezar de nuevo: adaptarse, invertir tiempo y dinero, y enfrentar noches de incertidumbre, hablar otro idioma, estudiar sin límites. Pero tenía una meta clara: volver a enseñar. Mientras construía esa nueva etapa, trabajó con Lutheran Services of Pinellas, donde enseñó a niños pequeños y pudo seguir aprendiendo y creciendo profesionalmente.

Su formación en Cuba no fue el final de sus estudios. Se esforzó por acreditar su preparación y obtener nuevas credenciales en EEUU. Hoy está habilitada para enseñar ciencias sociales desde sexto hasta duodécimo grado y ha ampliado su preparación para trabajar con estudiantes más pequeños hasta tercer grado. Habla de esas acreditaciones con orgullo: son la prueba de que su vocación pudo adaptarse a otro sistema y continuar esforzándose.

También ha construido una vida independiente la que empezó desde cero con su hijo que hoy ya tiene 29 años y la convirtió en abuela. A los dos años y medio de llegar, compró su casa. Todo ha sido parte de una vida que fue tomando forma con trabajo y constancia. Al mirar lo conseguido, se siente realizada, no porque todo haya sido sencillo, sino porque pudo recuperar una parte esencial de sí misma: la maestra que siempre quiso ser.

La historia familiar sigue teniendo momentos difíciles. Sus padres permanecen en Cuba y su hermana menor, quien decidió no emigrar cuando tuvo la oportunidad. Por eso, la familia quedó dividida entre países. Aun así, ella habla de sus padres con cariño y agradecimiento. “Gracias a ellos, nosotros estamos aquí”, dice, reconociendo el peso de sus decisiones y lo que hicieron para darle lo mejor que podían, en cambio agrega, “Le retribuyo cada día, todo cuanto puedo”.

A la comunidad latina le transmite un mensaje aprendido con los años: los sueños merecen perseverancia. Para ella, alcanzar una meta exige seguir preparándose y avanzar, incluso cuando empezar de nuevo resulta difícil. Esa constancia también le permitió volver a enseñar. Hoy continúa haciendo aquello que siempre sintió como una vocación del alma, mientras acompaña a nuevas generaciones.