Daina Reyes, de sus propias heridas a una vocación de servicio

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

Para Daina Reyes, la psicología no fue una elección distante. Antes de acompañar a otras personas, tuvo que reconocer sus propias heridas y romper patrones aprendidos desde niña. Se crió como muchas personas que se crían en una familia disfuncional donde eso le ayudó a romper patrones y ser la mujer que es hoy. Comprender que podía cambiar esa historia fue parte de su camino y también una razón para estudiar psicología: quería ayudarse para poder acompañar a los demás.

Hoy trabaja con personas, parejas y adolescentes que atraviesan duelo, ansiedad, ataques de pánico y conflictos matrimoniales. Para ella, pedir ayuda no significa estar “loco”; significa contar con un espacio para ordenar lo que uno siente y aprender herramientas. También realiza actividades grupales para identificar y procesar emociones. Sus propuestas respetan las creencias de cada participante: hay quienes encuentran calma en la oración, la meditación, la música o la iglesia.

La manera en que entiende el acompañamiento viene de experiencias que la marcaron. Durante su preparación, visitó a un hombre que estaba cerca del final de su vida. En medio de aquella visita, él le dijo que le gustaba su luz y le regaló una piedra con la palabra “fuerza”. Ella recibió el gesto con respeto, aunque sus creencias fueran distintas. La visita le enseñó cuánto importa acompañar con dignidad.

Esa compasión también se refleja en su trabajo. Recuerda a un paciente que atravesaba una crisis profunda y no tenía estabilidad ni un lugar seguro donde dormir. Aunque ella misma enfrentaba dificultades económicas, decidió ofrecerle varias sesiones sin cobrar. Más adelante, aquel hombre le dejó una carta y dinero para ayudarla a publicar un libro. La obra reúne su testimonio y algunas de las herramientas que comparte con sus pacientes.

Su trayectoria tampoco ha estado libre de sacrificios. Aunque tiene un doctorado, explica que muchas personas no imaginan lo difícil que puede ser sostenerse económicamente en esta profesión. Para ella, la psicología requiere más que conocimiento: exige vocación, propósito y disposición para servir. Hoy ofrece sesiones presenciales en una oficina privada y atiende a muchas personas por videollamada, una modalidad que, según su experiencia, puede hacer que algunos pacientes se sientan más cómodos, incluso desde su propio cuarto.

Su trabajo con parejas parte de una idea que suele compartir: una crisis puede ser una señal para atender lo que está fallando antes de que el vínculo se rompa. Lo compara con una advertencia del automóvil: si aparece un problema, conviene revisarlo y hacer ajustes. Ha visto cómo algunas parejas esperan hasta estar al borde de la separación para buscar ayuda.

Puertorriqueña y residente en EEUU desde hace 36 años, ha construido vínculos con la comunidad latina. Valora especialmente los lazos que ha creado con amistades cubanas, que la han acompañado en distintos momentos. Su hijo también tiene raíces cubanas por parte de padre, y ella espera llevarlo algún día a conocer esa parte de su historia.

También encuentra formas de cuidar su propio equilibrio. El mar, dice, le ayuda a despejar la mente y sentirse renovada. Cambiar de ambiente y salir de las mismas cuatro paredes es algo que recomienda a quienes se sienten atrapados en la rutina. Para ella, cada persona puede encontrar prácticas que le permitan recuperar calma y perspectiva.

A la comunidad latina le habla desde la experiencia, no desde la idea de que un profesional nunca sufre. Ella también ha pasado por procesos y reconoce que sentir dolor no cancela las herramientas que ha aprendido. Su propósito es ponerlas al servicio de otros y ayudarles a encontrar recursos propios. Lo resume con una enseñanza que comparte con su hijo: no creer que uno ya lo sabe todo, porque siempre hay algo que aprender y nadie avanza completamente solo.