Redacción El Kentubano
El 30 de junio de 1971 se marcó un punto de inflexión en la ingeniería social del régimen castrista con la inauguración en la entonces Isla de Pinos (rebautizada posteriormente como Isla de la Juventud) de la primera Secundaria Básica en el Campo (ESBEC). Bajo el lema martiano, pero tergiversado, del «estudio-trabajo», se puso en marcha un mecanismo diseñado no solo para la instrucción académica, sino para el control ideológico absoluto y el quiebre de la estructura familiar tradicional.
El diseño del «Hombre Nuevo» mediante el desarraigo
Para la doctrina marxista imperante, la familia representaba un obstáculo: un reservorio de valores burgueses o religiosos que el Estado necesitaba suplantar. Al enviar a adolescentes de entre 12 y 15 años a instituciones internas lejos de sus hogares, el régimen lograba el desarraigo afectivo. El niño dejaba de ser responsabilidad de sus padres para convertirse en propiedad del Estado.
Este aislamiento debilitaba la influencia de los valores familiares y los sustituía por la obediencia ciega al colectivo y al «máximo líder». La falta de supervisión parental durante las etapas más críticas del desarrollo psicológico dejó cicatrices profundas en generaciones de cubanos, quienes crecieron viendo a sus padres solo unos días al mes, bajo una disciplina militarizada.
Explotación laboral y el mito del estudio-trabajo
Aunque el discurso oficial presentaba las labores agrícolas como un «formador de carácter», la realidad era la explotación laboral de menores. Los estudiantes eran obligados a realizar tareas extenuantes en los campos de cítricos o caña de azúcar bajo el sol tropical. Jornadas de recogida, limpieza de maleza y fertilización que, en cualquier sociedad democrática, habrían sido denunciadas como trabajo infantil forzado. Esta mano de obra gratuita era fundamental para sostener una economía centralizada que ya mostraba signos de ineficiencia crónica.
El ambiente de presidio y la «ley del más fuerte»
Lejos de ser el paraíso educativo que mostraban los documentales del ICAIC, las ESBEC se convirtieron en microcosmos de violencia y humillación. Al mezclar a jóvenes de diversos estratos sociales —incluyendo a aquellos procedentes de barrios marginados con graves carencias de educación cívica y social— en un entorno de internamiento con mínima supervisión docente, se instauró la ley del más fuerte.
El control de los maestros era, en el mejor de los casos, negligente. Durante las noches en los albergues, imperaba un ambiente similar al de un presidio. El acoso escolar (bullying), los robos de pertenencias personales, las peleas brutales y las humillaciones constantes eran la norma. Los estudiantes más vulnerables debían someterse a las «bandas» internas o sufrir el aislamiento. Este entorno de hostilidad no formó ciudadanos solidarios, sino individuos endurecidos por la supervivencia, donde la empatía era vista como una debilidad.
Un legado de trauma y manipulación
El experimento iniciado en Isla de Pinos en 1971 se extendió por todo el país, afectando a millones de cubanos. Hoy, desde el exilio y la reflexión histórica, se reconoce que las Escuelas en el Campo fueron el laboratorio de la deshumanización sistémica.
La educación bajo la doctrina marxista en Cuba no buscaba mentes críticas, sino piezas de un engranaje estatal. Al destruir el puente entre padres e hijos y someter a los jóvenes a la dureza del campo y la violencia del internado, el régimen cubano sembró las bases de la crisis de valores que aún hoy lacera a la sociedad cubana. Este es un capítulo de la historia que los libros escolares de la isla omiten, pero que la memoria de las familias exiliadas se encarga de mantener vivo para que el error no se repita.

