El arte de llamar “vieja” sin mirar el calendario

En el diccionario de cualquier hispanohablante promedio, la palabra “vieja” remite directamente al paso del tiempo, a las canas y a la edad. Sin embargo, en el habla popular de Cuba, el término se emancipa de la cronología para convertirse en uno de los apelativos más cálidos, cotidianos y versátiles de nuestra idiosincrasia.

Por eso, más de un malentendido nos ganamos los cubanos fuera de la isla cuando, en medio de una frase, soltamos con total naturalidad algo como: “no te molestes, vieja, estoy bromeando”. La ceja arqueada del otro lado delata el choque cultural inmediato. Para quien desconoce nuestros códigos, acabamos de lanzar una ofensa gratuita; en ese instante, casi siempre es mejor seguir de largo que intentar explicar nuestra inocencia y dar una clase improvisada de lingüística caribeña.

Y es que en Cuba, “vieja” —o “viejo”— jamás conlleva desprecio, sino un puente de familiaridad. El hábito nace en el hogar, donde el padre y la madre son invariablemente «los viejos», aunque sean jóvenes. De puertas afuera, el vocablo rebasa la sangre y abraza a la pareja, a la mejor amiga de veinte años o incluso a una desconocida con quien se entabla conversación en la calle. Un “oye, mi vieja” o “tranquila, viejita” lleva implícito un afecto espontáneo que desarma cualquier distancia.

Al igual que ocurre con mi amor, corazón o mi vida, esta costumbre confirma la vocación del cubano por usar el idioma para crear intimidad. En nuestra tierra, decirle “vieja” a alguien no le suma arrugas ni años al calendario; simplemente le concede un lugar de complicidad y cariño.