Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]
A veces, una idea importante aparece donde menos se espera. En el caso de María Quiles, nació frente a una pequeña cocina de juguete, cuando descubrió a su hija mezclando agua y aceite porque quería preparar su propio lip gloss. Aquella escena sencilla despertó una curiosidad que, cuatro años después, se ha convertido en una marca con productos propios, ventas en Amazon y una visión de crecimiento que va mucho más allá de un labial.
Puertorriqueña y residente en EEUU desde hace 18 años, desde joven estuvo vinculada a los estudios y al arte. Quiso ser actriz, estuvo becada en una escuela de teatro en Puerto Rico y más adelante completó un bachillerato en Justicia Criminal con la intención de convertirse en abogada. Llegó a EEUU para continuar estudios en una escuela de leyes en Sarasota, pero el trabajo y las responsabilidades personales cambiaron aquellos planes.
Pasó varios años en Walmart y, después del nacimiento de su hijo, decidió aplicar al servicio postal. Hizo el proceso por su cuenta, aprobó el examen y encontró allí una estabilidad que conserva hasta hoy como mail carrier. Sin embargo, fuera de su jornada laboral comenzó a crecer un proyecto que no había imaginado.
Su hija Angélica, a quien llaman Angie, seguía a una familia creadora de contenido donde una niña con alergias utilizaba productos preparados en casa. Fascinada, quiso hacer lo mismo. Su madre decidió investigar cómo elaborar un producto pensado para que las niñas disfrutaran de la experiencia de usar un labial con ingredientes que ella describe como naturales, veganos y libres de químicos.
Así surgió Angie Gloss. Lo que comenzó como una actividad entre madre e hija despertó interés entre familiares y conocidos. Llegaron pedidos y María aprendió por su cuenta cada parte del proceso: preparación, envasado, etiquetas, tarjetas, envíos y promoción.
Entrar a Amazon fue uno de sus mayores retos. La plataforma rechazó inicialmente el producto porque debía cumplir requisitos específicos de elaboración y equipamiento. Contratar a alguien para gestionar el proceso podía costarle cerca de 8,000 dólares, una inversión que no podía asumir. Investigó, adaptó su espacio, consiguió los equipos necesarios y, después de tres meses de insistencia, logró la aprobación. Ya lleva aproximadamente tres años vendiendo allí.

El proyecto también la ha llevado a eventos y cumpleaños, especialmente en Miami, donde instala estaciones para que las niñas vivan la experiencia de preparar o personalizar sus propios labiales. Los envases tienen formas llamativas, como helados y sirenas, mientras las madres pueden conocer los materiales utilizados.
Ahora piensa en abrir un espacio físico, posiblemente en Miami, donde pueda vender sus productos y ofrecer esa experiencia directamente. También sueña con llevar Angie Gloss a grandes cadenas comerciales, aunque reconoce que hacerlo requeriría aumentar considerablemente su capacidad de producción.

Su manera de mirar el futuro también está marcada por una experiencia personal. Después de enfrentar una condición de salud que requiere tratamiento permanente, atravesó un periodo de ansiedad y depresión provocado por el miedo. Con el tiempo decidió concentrarse en sus hijos, sus proyectos y las posibilidades que todavía tenía delante.

Por eso, cada año hace con ellos un vision board donde colocan metas y sueños. Es su forma de enseñarles a mirar hacia adelante y disfrutar lo que construyen.
“Querer es poder”, resume. Para ella, proponerse algo no significa que todo será sencillo, sino tener la disposición de aprender, insistir y seguir avanzando.

Angie Gloss nació del juego de una niña, pero terminó convirtiéndose en algo mucho mayor: la historia de una madre que supo escuchar aquella idea, transformarla en oportunidad y demostrar que un proyecto pequeño también puede crecer cuando detrás existen constancia, aprendizaje y propósito.

