Por Alfredo Prieto, Tampa FL, [email protected]
En los años 50 La Habana atravesaba por un nuevo ciclo de modernidad, iniciada a principios del siglo XX cuando se alzó en el Morro la bandera de la estrella solitaria y se arrió la de las barras y las estrellas. La ciudad no miró nunca al Caribe, sino a Europa y en especial al Norte, con un eclecticismo que es su peculiar y distintivo modo de ser.
En 1955 Fulgencio Batista promulgó la Ley 2070 para facilitar/estimular la construcción de hoteles, casinos y night clubs en su empeño por hacer de La Habana “el Monte Carlo del Caribe”, para lo cual contó con la participación de socios del crimen organizado como Meyer Lansky y Santo Trafficante, Jr.
Uno de los resultados de la movida fue La Rampa, versión de los downtowns norteamericanos iniciada por Goar Mestre, un santiaguero graduado de Business Administration en la Universidad de Yale que al poner la primera piedra del edificio Radio Centro, en 1946, dijo algo que funcionó como un oráculo: este sería “el corazón de La Habana”.
La arquitectura moderna ingresó al panorama visual con estructuras diseñadas, en lo fundamental, por profesionales cubanos que pusieron muy en alto sus nombres y dignificaron su oficio y condición nacional, quizás como nunca antes.
A tres cuadras de ese nuevo corazón, en 17 y N, el edificio Focsa (1956), de Ernesto Gómez Sampera, fue el pionero de los rascacielos de la línea costera, una de las siete maravillas de la arquitectura cubana; luego sobrevinieron el hotel Capri (1957) de José Canaves; el Retiro Médico (1958) de Quintana, Beale, Rubio y Pérez Beato; y el Habana Hilton (1958), encabalgamiento de Welton Becket Associates con la firma cubana Arroyo y Menéndez, obra monumental sin paralelo en la América Latina del momento.
Decidieron iniciar La Rampa en las calles 23 y L con un complejo cultural y de negocios diseñado tras el famoso Radio City de Nueva York, y en particular con el cine Warner, después Radio Centro, con capacidad para 1 700 personas, en el que se llegaría a exhibir la primera película en Cinerama, tecnología salida al ruedo en los Estados Unidos en 1952.
Más abajo, antes de llegar a Infanta y L, donde casi termina La Rampa, colocaron otro cine, diseñado por el arquitecto cubano Gustavo Botet, inicialmente un local de Boleras Tony, pero readecuado en poco tiempo para su utilización como tal, donde en 1957 se dio a conocer en Cuba el sistema Todd-AO, hecho para competir con Cinerama, con la exhibición de La vuelta al mundo en 80 días (1956), protagonizada por David Niven y Mario Moreno, Cantinflas. Bancos, restaurantes y oficinas de líneas aéreas reforzaban el carácter cosmopolita del área, y por extensión, de la misma Habana.
El proyecto de expansión hacia el Este posibilitaría inaugurar en 1958 un túnel por debajo de la bahía a cargo de la empresa francesa Grands Travaux de Marsella, con la participación del ingeniero cubano José Menéndez. También se construyó la Vía Monumental vinculando al ala derecha con el casco histórico, un símbolo perfecto de continuidad y ruptura.
La Habana se había convertido, al fin, en la Perla del Caribe. Automóviles de último modelo rodaban por sus calles y avenidas, el peso tenía paridad con el dólar, había más cines que en París o Nueva York, las clases vivas mandaban a sus hijos a estudiar en universidades élites del Norte y viajaban a Miami a comprar valores de uso para robustecer esa modernidad largamente anhelada, también disponible en tiendas con aire acondicionado como El Encanto, Fin de Siglo y Roseland.
Sin embargo, en julio de 1951, el Informe Truslow, a cargo de una comisión de expertos del Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, convocada por el gobierno de Carlos Prío Socarrás (1948-1952), había alertado sobre los peligros de la dependencia al azúcar y otros problemas estructurales de la economía cubana.
El primero era el siguiente: “No hay evidencias de que en años recientes Cuba sea menos vulnerable a una seria caída de los precios del mercado mundial”, el corsi e ricorsi o molestísimo mantra de la República a partir de vacas gordas, flacas y otras concurrencias.
“De hecho” –elaboraban– “la economía está más a merced de las fluctuaciones de los precios mundiales del azúcar que nunca antes. Esto causa constantes sentimientos de inseguridad, los que, a su vez, disminuyen la confianza en los negocios y tienden a restringir la iniciativa”.
Pero había más, una especie de alerta proyectada hacia el mediano y largo plazo: “el crecimiento de la economía cubana no ha cubierto las necesidades de su población, y menos aún las de generaciones futuras”. Recomendaba entonces “incrementar la diversificación de la economía […] mediante esfuerzos concentrados en muchas esferas y la mejoría diligente de sus instituciones y nuevas actitudes en su gente”.
Pero no fueron escuchados.

