Una vida entre el cielo, el riesgo y la misión de ayudar

Una vida entre el cielo, el riesgo y la misión de ayudar

Por Henry Aguilera, Tampa FL, [email protected]

Reinaldo Martín tenía ocho años cuando salió de Cuba y vio algo que cambiaría para siempre su vida: un avión. Hasta entonces nunca había tenido uno frente a sus ojos. Aquella imagen despertó una fascinación que no desapareció con el tiempo. Después de pasar por Miami y crecer durante varios años en Atlanta, llegó a Tampa en 1972. A los 14 ya estaba aprendiendo a volar, mucho antes de tener licencia para manejar un automóvil.

La aviación terminó convirtiéndose en profesión, negocio y una forma de entender la vida. Se preparó como piloto, mecánico y especialista en sistemas electrónicos de aeronaves. Durante 27 años tuvo su propia compañía en Tampa, con ocho empleados, dedicada al mantenimiento de equipos de navegación, radios y otros sistemas esenciales. También estaba autorizado para realizar inspecciones que determinaban si una aeronave podía continuar volando.

Pero su experiencia en el aire trascendió el trabajo comercial.

Durante años participó en operaciones vinculadas con Civil Air Patrol y posteriormente se integró a Hermanos al Rescate. Su llegada a la organización ocurrió después de conocer a otros pilotos interesados en aquella misión. Cuando habló con José Basulto y este conoció su experiencia, la incorporación fue prácticamente inmediata.

Una vida entre el cielo, el riesgo y la misión de ayudar

Los vuelos tenían un objetivo humanitario: localizar en el mar a personas que salían de Cuba y comunicar sus coordenadas a la Guardia Costera para facilitar el rescate.

Eran misiones que exigían experiencia, concentración y sangre fría. En una ocasión encontró una embarcación con unas 13 personas mientras otra nave se aproximaba desde Cuba. Su prioridad fue mantener comunicación, orientar a quienes iban en el bote y ganar tiempo hasta que pudieran llegar a una zona donde recibieran ayuda. Ese mismo día divisó otra pequeña balsa y volvió a intervenir para que sus ocupantes pudieran ser localizados.

Historias como aquella explican por qué, cuando habla de riqueza, no menciona cuentas bancarias.

Yo soy millonario”, afirma. No lo dice por el valor monetario que pudiera tener, sino por las personas a las que considera haber ayudado durante décadas. Para él, esa satisfacción vale más que cualquier cantidad de dinero.

La aviación también le mostró de cerca el peligro. Recuerda haber perdido potencia en una aeronave de un solo motor mientras sobrevolaba los Everglades. En lugar de dejarse dominar por el miedo, utilizó sus conocimientos mecánicos y de vuelo para ganar altura, planear y llegar hasta un aeropuerto donde pudo aterrizar. Ha vivido otras situaciones límite, pero insiste en una idea que lo acompaña desde joven: confiar en la preparación y mantener la fe.

Uno de los momentos más dolorosos llegó en 1996, con el derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate. Aquel fin de semana le correspondía volar, pero su esposa le pidió que permaneciera con ella y sus cuatro hijos. Cuando recibió la noticia de lo ocurrido, viajó inmediatamente a Miami.

La pérdida de compañeros cercanos lo marcó profundamente. Algunos miembros se alejaron de los vuelos después de aquella tragedia. Él decidió continuar.

Permaneció vinculado a esas misiones hasta 2014.

Su vida profesional también tuvo giros difíciles. En 2018 vendió su negocio para poder dedicar más tiempo a su esposa, que atravesaba serios problemas de salud. La venta terminó convirtiéndose en una experiencia amarga cuando no recibió todo lo acordado y perdió equipos. Aun así, siguió adelante.

Hoy, a sus 67 años, continúa relacionado con la aviación. Trabaja en un ambiente que describe como familiar, rodeado de personas que conocen su trayectoria y valoran su experiencia. Y sigue volando.

Cuando mira hacia atrás, no habla como alguien que busca reconocimiento. Habla como un hombre convencido de haber encontrado su propósito.

Una vida entre el cielo, el riesgo y la misión de ayudar

A mí Dios me puso aquí en este mundo para hacer algo”, expresa.

Quizás por eso, después de tantos años, aeronaves, riesgos y millas recorridas, todavía mira hacia el cielo con la misma pasión de aquel niño que vio un avión por primera vez. Solo que ahora sabe que volar nunca fue únicamente conquistar altura. Para él, también significó acercarse a quienes necesitaban ayuda y descubrir que una vida adquiere mayor sentido cuando se pone al servicio de otras.